Arroz con mango

Como si todavía estuviéramos en la segunda vuelta, Mariella Balbi intentaba el último lunes acorralar a Marisol Espinoza, recordándole que ella había denunciado al gobierno aprista por desacelerar deliberadamente la economía para hacerle más difícil la entrada a los nuevos gobernantes, y que ahora hay un gabinete que tiene en su seno a uno de los principales responsables de la desaceleración. ¿Cómo se podía digerir una contradicción tan flagrante?

| 27 julio 2011 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 862 Lecturas
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A lo que la vicepresidenta electa contestaba, más o menos incómoda, que ahora el señor Castilla iba a tener que acelerar lo que desaceleró. Él va a ser el que se encargue de devolvernos a un nivel de crecimiento de por lo menos 6%, apuntó. Claro que el crecimiento y el decrecimiento dependen de muchos más factores que los ministros y viceministros.

Pero ahí fue que Chehade, que también tomaba parte en la entrevista, añadió otra reflexión. ¿No era que ustedes querían una garantía contra los grandes cambios económicos? Ahí les hemos dado Velarde y Castilla, y se siguen quejando.

Pero Balbi no cambió el tono: ¿y cómo van a satisfacer a la gente que votó porque no está de acuerdo con la política económica de estos años, si para atender sus demandas tienen como ministros y altos funcionarios a algunos de los operadores principales de esa política?

Era como cuando se satanizaba el programa económico de Gana Perú hasta que Ollanta producía ajustes para bajar la presión: no se recurrirá a una Asamblea Constituyente y los cambios constitucionales se realizarán a través de los procedimientos contenidos en el documento de 1993, y si no se logra la mayoría calificada no habrá cambio; no se revisarán los tratados de libre comercio y los contratos, salvo cuando hayan evidencias de corrupción; no se hará una reforma tributaria integral, y las reformas sociales se financiarán con impuestos especiales a la minería, etc.

Retrocesos para salvar las principales reformas se dijo por entonces, gestos para recuperar la confianza. Pero el peor ataque de la derecha vino justamente por el lado de que no había un plan, sino varios planes, y ninguno al cual referirse como definitivo.

Y la versión de que se había priorizado lo principal de la propuesta y cedido en otros puntos para hallar consenso, no calmó las aguas, porque lo que la derecha quería era que se les dijera que la propuesta original del equipo presidido por Félix Jiménez era el anatema de la buena economía y debía ser enviado a la hoguera de los textos herejes.

Ahora también quieren que se afirme que Castilla y Velarde están ahí, porque Jiménez, Iguiñiz y otros, hubieran provocado el pánico de los mercados. Es decir que aquí no hay ninguna concertación, sino un reconocimiento de que la derecha es la única dotada para manejar la economía peruana.

Por eso, la forma de tomar el encargo hecho a Burneo es que se trata de un cargo fuera de las grandes decisiones de la economía, una especie de premio consuelo a la tarea cumplida de acercar las posiciones originales que recusaban el modelo neoliberal, a una que puede interpretarse como el mismo modelo pero con inclusión social.

La derecha no se está comprando eso que este gobierno los “incluye” por ser incluyente y concertador. Ellos (y ellas) sienten que le están doblando el brazo. Pero Ollanta confía en que al final se impondrá. Corren las apuestas.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista