Armonía entre los seres humanos y la naturaleza

En mi columna anterior (30 Dic. 2012) escribí sobre las llamadas profecías del “fin del mundo” que provocan temores y miedos en algunos millones de personas, que no tienen ningún fundamento serio y se diluyen, como acaba de ocurrir con la inventada profecía atribuida a los mayas. El mundo no desapareció el 21 de diciembre último, sigue andando.

| 13 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
Armonía entre los seres humanos y la naturaleza
LA CIVILIZACIÓN DEL MAÍZ
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La gran civilización maya ocupó un vasto espacio de 400,000 kilómetros cuadrados en las tierras altas y bajas de parte de lo que hoy son los Estados de Guatemala, México, Costa Rica, Honduras y Belice. Es la región que conserva aún el viejo nombre de Mesoamérica. Se trata de la civilización del maíz. Sus grandes mitos cuentan la historia de un pueblo hecho del maíz que alcanzó un desarrollo muy grande, que inventó su propia escritura, y tuvo un saber astronómico de primer orden.

“Cuenta larga” fue el nombre que los mayas dieron a uno de sus calendarios. Sirviéndose de un sistema vigesimal, dividieron el tiempo en eras (ciclos o períodos) cada una de las cuales tenía una duración de 5,125 años. La última comenzó el 11 de agosto del año 2114 antes de Cristo y terminó el 12 de diciembre de 2012. La siguiente comenzó ya el 13 de diciembre y terminará el 12 de diciembre del año 7137. Tenían también un almanaque zodiacal con 13 constelaciones de 28 días cada una. Por su conocimiento de los sistemas de rotación solar y lunar, y por la importancia atribuida a Venus, los mayas tenían un modo preciso para calcular los días, semanas, meses y años, y estaban en condiciones de predecir los eclipses solares y lunares.

Hoy se conocen 4 grandes libros o códices mayas, que son los de París, Dresde, Grolier (nueva York) y Madrid, lugares donde los encontraron. Eran libros o manuales que los sacerdotes consultaban para proponer las prácticas rituales, ofrendas de alimentos y sangre de animales y de seres humanos, cantos y danzas en honor de los dioses.

Cito para ustedes, lectoras y lectores, un texto de Tomas A. Lee Whiting, un especialista en el tema: “Para entender los códices debemos recordar que los calendarios nativos integrados por la combinación de un ciclo de doscientos sesenta días sagrados (tzolkin) y un año vago de 365 días (haab) eran astronómicamente exactos y un sacerdote versado podría predecir, con ayuda de su códice, el movimiento de varios planetas de nuestro sistema solar incluyendo a Venus y Marte, el Sol y la luna, así como predecir grandes sucesos astronómicos como eclipses y equinoccios. Los días, los meses y los años eran regidos por diferentes dioses patronos y por ello se requería la atención de los sacerdotes con diferentes prácticas de culto, ofrendas de alimento y de sangre, tanto humana como animal, incienso, oraciones, cantos y danzas. Los libros eran indispensables para saber cuál dios debía ser venerado en qué día y cuáles eran los procedimientos ceremoniales pertinentes para llevarse a cabo de manera correcta”, Tomas A. Lee Whiting, Los códices mayas, pp. 208, en Los mayas, libro colectivo coordinado por Peter Shmidt, Mercedes de la Garza y Enrique Nalda, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, México, 694 pp.

El Popol Vuh -El libro maya del albor de la vida y las glorias de dioses y reyes- en lengua maya quiché y Chilam balam, libros varios de los mayas de la península mexicana de Yukatán, son versiones populares de los códices en los que se encuentran los libros o enciclopedias que los mayas escribieron para contar historias de su civilización.

En todas las grandes civilizaciones del mundo se reflexiona sobre la historia y se dividen los tiempos en etapas o períodos que poco o nada tienen que ver con las profecías del fin del mundo.

El paso de un ciclo a otro está acompañado de numerosos, variados y complejos rituales, como el de la noche vieja y el año nuevo que acabamos de celebrar. El tiempo sigue su marcha: pasan los días, meses, lustros, siglos, y milenios.

Nuestra especie ha vivido ya cien mil años y no sabemos cuántos miles de años más tendrá. Si explotasen todas las bombas atómicas acumuladas hasta ahora por los países guerreros del planeta, nuestra especie podría desaparecer. Si sobreviviese, tendríamos que comenzar de nuevo.

Como decía Bertrand Russel, la guerra siguiente se haría con hachas, y tendríamos que rendirnos a una evidencia señalada por Claude Léví-Strauss: el mundo comenzó sin nosotros y seguirá igualmente sin nosotros. En pocas palabras, los mamíferos humanos no somos indispensables para su existencia.

Ya sabemos que la vida humana depende del sol. Si el calentamiento global continúa y si no hacemos lo necesario para bloquearlo y tapar el agujero de ozono, la desaparición de la vida humana está prácticamente asegurada. El conocimiento que tenemos acumulado sobre la Tierra y el sistema planetario, indica que en algunos miles de millones de años más morirá el sol.

Entretanto, tenemos el deber de defender la naturaleza y enfrentar la voracidad de los homo sapiens que por buscar desesperadamente el oro y la fortuna están llenando el mar de basura y acabando la fuente mayor de vida.

Los sabios mayas de hoy defienden el valor de la armonía entre los seres humanos y la naturaleza. Esa es una voz alternativa que debiéramos oír. Hay tiempo todavía.

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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”