Armando y la izquierda democrática

Cumplir más de ochenta años de militancia política resulta algo excepcional, en un país plagado de dictaduras y regímenes precarios. Armando Villanueva del Campo inició su vida enfrentando a Sánchez Cerro, apenas un colegial y pronto, al cerrarse cualquier resquicio democrático, no dudó en participar en la insurgencia popular.

| 18 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Como todo el que se juega la vida por la libertad y la justicia social, sufrió persecución, cárcel y destierro. Lo acusaron de terrorista con número y todo, incluso de traficante. La lucha antidictatorial postuló siempre la democracia y la constitucionalización del país, cuando la oligarquía feudal impedía el estado de derecho y la arbitrariedad se imponía. La primera generación de jóvenes apristas alcanzó la madurez en la acción bajo el mando directo de Víctor Raúl.

Hijo de un prominente médico de la época de Augusto B. Leguía, encontró como ideal de vida el combate por el pan y la libertad. Pese a sus largos años de prisión y de clandestinidad, jamás claudicó. Hombre de vasta cultura, cuya inquietud lo llevaba desde recitar de memoria poesía española y latinoamericana, hasta seguir los avances de Stephen Hawking o leer los libros que los sílabos de ciencias sociales recomendaban con afán de estudiante.

En su casa uno podía asistir a la actuación de un violinista, al recital de un poeta o al concierto de un coro completo de música barroca.

Su fina ironía y sentido del humor lo hicieron entrañable. Desde que sintió ruido de fuegos artificiales en el asalto al cuartel Barbones, para descubrir que provenía de las balas que le silbaban alrededor o saborear nostálgico los tallarines rojos que mi madre llevaba a la prisión que compartía con mi padre. Cáustico, contaba los años de gracia solicitados a Don Sata (“a quién más le voy a pedir si soy ateo”) cuando se le ocurrió definirse como un “cadáver de vacaciones”. Saludado cuando salía de algún trance, aseguraba con su sonrisa cascada que su epitafio diría que murió en buen estado de salud.

Un combatiente contra las tiranías que en los periodos democráticos buscaba concertar, resulta para algunos difícil de entender. La mano extendida al adversario que lo persiguió y no la venganza, habla de su grandeza republicana. La defensa del aprismo como izquierda democrática la sentía como un compromiso vital, por ello alcanzar la convivencia pacífica con plenos derechos e igualdad social marcó su andadura.

En todo el espectro democrático, de izquierda a derecha, tuvo no solo relaciones políticas sino amistades leales. Creía profundamente en el ser humano, en sus capacidades y potencialidades. Su empatía con los jóvenes era proverbial. Su fe en los partidos como pilares de la democracia, irreversible y su visión de la muerte, la de los antiguos griegos.

Con Francisco de Quevedo podremos decir en su homenaje que del vientre a la prisión vino en naciendo; de la prisión fue al sepulcro amando; y siempre en el sepulcro, estará ardiendo.

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