Aprender la impunidad

En estos días, chicos y chicas están aprendiendo que la tortilla puede volverse y la justicia puede transformarse en impunidad. Hace años contemplamos azorados cómo se hizo posible un juicio ejemplar que puso tras las rejas a un expresidente por delitos de lesa humanidad. Quien había robado, corrompido y ordenado matar estaba tras las rejas. En la década pasada una generación de chicos creció sabiendo que es posible que la justicia tenga un lugar importante en nuestra débil democracia. Lo vivido no solo constituyó un hito de la lucha contra la impunidad en el Perú y en América Latina, sino una marca profunda en la formación ciudadana: Esa que recientemente ha puesto un primer pie en la escuela y que fuera de ella, apenas gatea.

Por Diario La Primera | 16 oct 2012 |    

De darse el indulto, esta construcción de aprendizajes se derrumbaría como un castillo de naipes. Como si se tratara de una película de ciencia ficción que hubiera terminado. Y entonces despertaríamos a la realidad en la cual la democracia y derechos humanos serían tan solo quimera de la prepotencia y el privilegio, o tan solo una palabra escrita en los libros de historia.

Si se aprueba un indulto que carece de fundamento médico y de sustento legal, se demostraría mejor que un teorema de Pitágoras que la justicia no es ciega, porque sabe a quién indulta o favorece y a quién no. Demostraría que no todos los peruanos son iguales ante la Ley y esto es tan solo una frase en la Constitución. Porque pese a que hay al menos 70 reos con enfermedades en estado terminal que no reciben el indulto presidencial (procurador anticorrupción Arbizu), el exdictador podría gozarlo sin más justificación que la (des)gracia presidencial.

En tan solo pocos días, chicos y chicas aprenderían que así como dos y dos son cuatro, las voces de Cipriani se suman a las del Movadef y a las de Laura Bozzo, haciendo posible convertirlas en un común denominador de afrenta contra la dignidad.

El Himno Nacional volvería a ser un canto entonado por aquellos que faltan reiteradamente al “voto solemne” y al “grito sagrado” y pasan por encima del dolor “largo tiempo” acumulado de los familiares de los desaparecidos. Las generaciones, testigos del indulto, aprenderían que es “humanitario” admitir la violación de derechos humanos, porque Fujimori no ha pedido disculpas ni perdón, no ha reconocido su culpabilidad por las sentencias condenatorias en su contra y tampoco ha pagado la reparación civil que adeuda.

La educación no saldría ilesa de este episodio, porque lo que se aprende más allá de la escuela sobre ciudadanía tiene gravitación igual o mayor, y porque lo que se enseña dentro necesita coherencia con lo vivido. ¿Cómo quedarían los fines de la educación peruana que consagra la Ley General de Educación?: “Formar personas capaces de lograr su realización ética”, “promoviendo su integración adecuada y crítica a la sociedad para el ejercicio de su ciudadanía”; o “contribuir a formar una sociedad democrática, solidaria, justa, inclusiva, próspera, tolerante y forjadora de una cultura de paz…”.


    Teresa Tovar Samanez

    Teresa Tovar Samanez

    A ojo de buen cubero