Aprender a escuchar

Medio siglo antes de Cristo, el sabio Cicerón acuñó un apotegma que viene a pelo para quienes ejercen el poder: “Dios le dio al hombre una sola boca y dos oídos, para que hable menos y escuche más”.

| 02 enero 2009 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 587 Lecturas
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Por no hacer esto frente al agro en su casi medio tiempo de gestión, el segundo régimen de Alan García continúa manteniendo en vilo a la economía rural y la seguridad alimentaria del país, con sombrías proyecciones para la paz social y la gobernabilidad.

Es que durante este devenir el mandatario no ha querido escuchar por lo menos una vez a las organizaciones representativas de los productores, tampoco hacer cumplir los artículos 63 y 88 de la Constitución y las políticas de Estado XV y XXIII del Acuerdo Nacional, y ni siquiera honrar lo que él mismo proclamó en el denominado Primer Encuentro Nacional Agrario del dos de agosto del año 2007 en Acho: “Necesitamos recuperar el tiempo perdido y hacer un gran esfuerzo de diálogo y concertación”.

Ello se ha visto agravado por la ausencia de un plan rector y la sucesión de tres ministros, cinco viceministros y siete directores de planificación sin compromiso alguno con el campo.

Como consecuencia de ello, hoy el agro nacional cruje en todos los confines, víctima de una retahila de improvisaciones supinas e imposiciones tramposas, como varios de los decretos legislativos relacionados con el APC-TLC; de la ausencia absoluta de un mínimo de planificación, de la disparada de los costos de producción, del descenso de los rendimientos por efecto de los cambios climáticos, de la retracción de los principales mercados externos para las exportaciones y de la guillotina de las importaciones subvaluadas o subsidiadas en el exterior.

Al mismo tiempo, el pueblo peruano en general tiene que seguir pagando precios de abuso por las subsistencias básicas, sencillamente porque el gobierno no quiere poner freno a la acción especulativa de los oligopolios importadores y los intermediarios locales que se comen por igual a los inermes productores y consumidores.

Únicamente los mercaderes y cortesanos palaciegos pueden negar esta realidad.

Para dar una idea puntual precisa de cómo el agro ha terminado el 2008, basta mencionar que hasta los mejores productores de maíz amarillo duro –grano industrial en que somos dependientes en más de 50% del exterior y por lo cual debería tener un mercado seguro y rentable– ahora resultan perdiendo frente a sus costos. Algo parecido sucede en casi todos los cultivos importantes dirigidos al consumo interno.

Pero como no somos necios para alegrarnos por todo esto, aprovechamos la apertura del nuevo año para invocar al presidente García, al premier Simon y al ministro Leyton un elemental esfuerzo de autocrítica y, sobre esta base, un franco proceso de diálogo y concertación con los únicos actores permanentes del universo agrario: los productores.

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Reynaldo Trinidad Ardiles

Opinión

Columnista