Apología del elefante

Cuando el Apra odiaba a “El Comercio” y “El Comercio” maldecía al Apra, los apristas le decían al diario de Luis Miró Quesada de la Guerra “el paquidermo”.

| 26 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 848 Lecturas
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Era una frase de Haya convertida en arma. Y venía, seguramente, de lo que pensaba Haya que debían de ser los elefantes: antiguos, estúpidos y prescindibles. Porque Haya, en ese aspecto, se parecía al rey Leopoldo de Bélgica, autor del Holocausto africano, recolector de marfil, señor de negros y canalla adorado en las cortes europeas.

Pero resulta que el elefante, que en la India es venerado, es un animal que no se merece el desprecio aprista del que es víctima.

En efecto, siguiendo a Haya también en eso, el doctor Alan García intenta desacreditar, cada vez que puede, a los elefántidos sobrevivientes de la masacre congolesa.

Y entonces, si se trata de llamarles la atención a los burócratas que dizque le impiden avanzar, el doctor García habla de “lentitudes paquidérmicas”. Y si se trata de dispararle a la Contraloría acusándola de pasmada en sus trámites y ralentizada en su supervisión, pues el doctor García volverá a hablar de “la estructura paquidérmica” de esa institución.

Es notorio que el aprismo puro prefiere a los búfalos y que el impuro –o sea una porción considerable- ama, por emulación, a los macacos picabolsos, pero de allí a calumniar a esas bestias magníficas que se demoran 22 meses en gestar hay una distancia que no debiera haberse caminado.

Los elefantes han sido siempre para mí majestades no reconocidas. Los amé en las películas, los soñé en los sueños de la infancia, los quise como plenipotenciarios de esa naturaleza que el hombre odió desde que lanzó la primera punta de obsidiana en contra de un mamut (abuelo ensangrentado y desaparecido).

Los elefantes no es que sean lentos sino que se toman su tiempo. Y no es que parezcan idos sino que andan escuchando sonidos finísimos que pueden llegarles desde 18 kilómetros de distancia. Y no es que baboseen sino que meten la hierba de su santa dieta en un primer caldo de hocico y de paciencia.

Elefante parecía Neruda, que también andaba como demorado. Y dándole de comer a un proboscídeo africano, un día de hace muchos años, tomé la decisión de amar a los animales y de luchar, con la modestia de mis recursos, por sus derechos pisoteados.

Por eso me repugna la taurofilia –esa huachafería tardofranquista-, odio a los cazadores y les deseo el mal de la elefancía, bombardearía los safaris, mataría con el pensamiento a los mataballenas y, lentamente, a los matafocas y aun más despaciosamente a los que creen que las nutrias fueron hechas para abrigar a una zorra de ópera y diamante.

En fin, que soy un animal que escribe pensando en los animales que no escriben y –muchas veces y muy divertidamente- enfrentado a bestias que sí escriben. Porque los elefantes son académicos que engordaron en la contemplación. Porque los elefantes son sabios y vegetarianos mientras que los mandatarios, por lo general, son poco sabios y demasiado carniceros.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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