Apellidos extranjeros

Un dibujante que suele ensuciar páginas y que quizás funcione a control remoto desde alguna guarida en el extranjero, se ha permitido ayer incluir el apellido Hildebrandt en la lista de unos supuestos “deportables” que “sobran” en el Perú.

| 29 junio 2008 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.3k Lecturas
2316

¿Habrá sido respuesta de emergencia a mi columna sobre el sudaquismo y sus piltrafas intelectuales?

No lo sé. Tampoco voy a perder el tiempo averiguándolo.

Lo que sí voy a hacer es responderle a quien encarna la voz del castrismo terminal, ese que tanto influye en algunas esferas “académicas”, ese que no invita al debate sino al duelo de Carita y Tirifilo.

En primer lugar, sorprende que la intolerancia profesional utilice gente de este nivel. Digamos que antes se cuidaba más. Digamos también que hoy hay menos sicarios que se ofrezcan para esa tarea que los colombianos hacen en moto y aprovechando la luz roja del semáforo.

En segundo lugar, no deja de ser divertido que el matón de tintero en cuestión tenga la libertad de insultar el apellido de un columnista que escribe en este diario. ¡Es el anarcosindicalismo en vivo y en directo!

Porque estoy convencido de que Arturo y Martín Belaunde, los propietarios de este periódico, nada tienen que ver con este modo de interpretar la libertad de prensa. Sobre todo cuando quienes permiten el insulto, en nombre de la libertad de expresión, son los que hubieran dirigido el “Granma” desde el Ministerio del Interior cubano. Y porque supongo que cuando alguno de los accionistas de este diario no quiera más esta columna me lo dirá a la cara y sin ningún problema y no me lo mandará a decir a través de un pandillero rápido-gráfico.

El artista en cuestión habla “de los que sobran” y de “la calaña” de los Lanatta Piaggio, los Cerruti, los Lossio...y añade: “hasta podríamos agregarles un Lauer, una Hildebrandt, un Cipriani...”

Y elige esos apellidos porque expresa al sudaquismo hirsuto en todo su vocerío y apunta a que esa supuesta legión extranjera debería de regresar –como represalia a la nueva ley de inmigración de la UE– a la Europa de donde vinieron sus ancestros.

Tamaña barbarie no se veía desde hacía mucho tiempo. La catadura de ese odio, el racismo de este comisario pretendidamente indigenista, sólo pueden provenir del mal humor.

Todos mis lectores saben cuánto y de qué modo discrepo con Martha Hildebrandt, mi media hermana. Pero Martha Hildebrandt no es criticable por apellidarse así ni por proceder de un honrado artesano alemán que llegó al Perú a fines del XIX. Lo es por su conducta política.

Del mismo modo que Kuczynski no es un parásito del lobismo por llevar ese apellido, que es del ilustre padre que se lo dio y que tanto hizo por la investigación médica en el Perú, sino por militar en la orilla de los Chicago Boys.

¿Y Lauer merece alguna objeción genealógica o es que sus columnas son a veces demasiado alanistas, como las del muy telúrico César Campos? ¿Y Cipriani resulta incómodo por tener apellido italiano o por su actitud frente a los derechos humanos?

Hablar de “sobrantes” y de “calaña” para referirse a adversarios que tienen apellidos extranjeros es algo indigno de un humorista con buena educación. Es, más bien, lo que se espera de un bufón del castrismo entubado.

A mí me ha alcanzado la vergüenza ajena viendo ese rincón de “La Primera” de ayer. Y creo que muchos lectores de este diario cada vez más necesario deben haber experimentado la misma náusea.

Con la lógica de este humorista, habríamos tenido que devolver a Europa al Bolognesi del morro, al Raimondi de las puyas y hasta al Caracciolo que explica en parte a don Delfín Lévano Caracciolo, patriarca de las luchas obreras.

Y hubiéramos tenido que deportar al Humboldt de la corriente, al Adolph de “Mañana las ratas”, al Faucett de los aviones, a la Reiche del desierto, al Giesecke de la educación (y a la Giesecke de la historia), a la Gorriti de las veladas, a la Chiappe que se casó con Mariátegui, a la monja Paget (que convenció al almirante Bergasse Du Petit Thouars para que salvara a Lima en 1881), a los Unger de la ingeniería, al Billinghurst de la democracia y al Westphalen de la poesía (sólo para citar unos cuantos ejemplos de extranjería inolvidable).

¿Sabrá este indigenista patronímico –que insulta en español y no en quechua– que el apellido Belaunde es, según su xenofobia de Coquito, de indeseable cepa vasca?

¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


En este artículo: | | | |


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista