Apariencias engañosas

El periodismo de investigación es el que, precisamente, no se guía por las apariencias.

Porque no es que las apariencias sean engañosas –que lo son, por lo general–. Es que, por un asunto de método, la investigación periodística observa con incredulidad, juzga desde la duda, coteja con escepticismo sus propios documentos y sus presuntos hallazgos.

| 07 junio 2008 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 755 Lecturas
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Y luego, una vez acumulado un buen número de posibles certezas, el periodismo de investigación que quiere ser decente procede a someter esas certezas, todavía sujetas al testeo, a una batería de preguntas incómodas y autocríticas. Y, si es posible, a un cruce de fuentes que confirme, con sus coincidencias, el núcleo duro de la investigación.

Un periodista de investigación tiene que ser el abogado del diablo de su propia causa. De no hacerlo, algún abogado –el del juzgado de guardia, por ejemplo– se hará presente de todos modos en la historia.

Cuando Dolores Martínez y Javier Pagola, del ABC de Madrid, descubrieron hace poco que Romano Prodi había habilitado el escenario para algunos de los encuentros entre ETA y funcionarios del gobierno de Rodríguez Zapatero, no es que leyeran sólo las fichas migratorias de algunos etarras. Es que investigaron. Se agotaron en eso que algunos profesores de periodismo norteamericanos llaman “la prensa en profundidad” y obtuvieron su premio.

El periodismo de investigación trabaja con fuentes, por lo general cerradas, en la búsqueda de información premeditadamente oculta que puede ser de interés público. Recibir un documento oficial, leerlo sesgadamente y ponerse a gritar después de haber creído que se encontró oro donde sólo había lentejuelas, eso no es periodismo de investigación. Es apenas prensa bullanguera. Recibir una información oficial regurgitada y copiarla, aunque en el camino se la amplíe, como se hizo en el caso del Banco de Materiales, no es hacer prensa investigativa. Eso se ha llamado “investigación de dossier”, lo que puede terminar a la larga con la prensa convertida en sucursal de los bufetes de abogados, las oficinas de algunos ministros fratricidas o la mismísima máxima autoridad del país deseosa de vengarse de un competidor o de distraer al soberano con algún sacrificio de colorido azteca.

La prensa de investigación parte de la premisa de que lo que es verdad puede no estar a la vista y, por lo tanto, comparte la idea de que lo que está a la vista casi siempre no es la verdad. Esta mirada no inocente, esta observación cargada de sospecha –algunos han llegado a comparar ese método con el que propuso Popper para el método científico– es incompatible con el apresuramiento procaz. No hay mejor manera de desacreditar la investigación periodística que entregándosela al amarillismo.

El periodista de investigación conjetura con miedo, investiga con paciencia, se refuta a sí mismo, depura y reescribe. Porque con el honor de los otros –por más “enemigos” ­que sean– no juega un periodista de verdad.

Daniel Santoro, que descubrió para “Clarín”, de Buenos Aires, el tráfico de armas organizado por Ménem en favor del Ecuador que libraba una guerra con el Perú, tuvo que desechar decenas de documentos sembrados para despistarlo. Y la gran investigación que hizo en el 2004 “La Prensa”, de Costa Rica, la misma que terminó con dos ex Presidentes en la cárcel, se hizo con parsimonia y seriedad.

Hay “periodistas” que creen que la prensa consiste en hacer insinuaciones demoledoras basadas en documentos que sólo deberían haber sido el primer paso de una auténtica investigación. Y es que no se pueden hacer escaleras de un solo peldaño. Ni se debe condenar al grupo Colina mientras uno integra un comando de aniquilamiento periodístico premunido de los mismos escrúpulos que tuvo Kerosene a la hora de ­achicharrar a sus difuntos.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista