Antauro condenado

El confesado desconcierto de don Isaac Humala que tiene un hijo en la cima del poder y otro en la sima de una prisión política, dice mucho del proceso seguido por los dos hermanos en un espacio de poco más de diez años, tras convertirse en un símbolo de la inconformidad de una parte importante del país ante lo que fue la transición posfujimorista, cuyas esperanzas de democratización y transformación fueron traicionadas por sucesivos gobiernos.

| 11 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
1641

Antauro encarna el intento de canalizar ese descontento por la vía de la rebelión, que fracasó; mientras Ollanta se enrumbó en la vía electoral y tuvo la paciencia y la habilidad de hacerse del gobierno.

Uno y otro buscaban originalmente lo mismo, como que participaron juntos en el levantamiento de Locumba, lo que explica además por qué el comandante que estaba en Corea apoyó inicialmente los objetivos del Andahuaylazo aunque después discrepó con los métodos y reclamó el repliegue del movimiento.

Evidentemente los métodos de hacer política se han ido separando, pero esto no ha impedido que la derecha amalgame el acto fallido del hermano menor, que dejó un costo de sangre, con el ascenso del otro, convertido en el único capaz de arrebatarle el gobierno a los sectores dominantes después de veinte años de hegemonía neoliberal.

Un dato elocuente es la manera como se bancó un programa semanal para culpar a Ollanta por las muertes de Andahuaylas en el intento por sembrar el miedo y detener su campaña política.

El hecho es que la necesidad política de golpear a Ollanta ha impedido un juicio justo para Antauro, que ha llegado a ser comparado con Fujimori, Montesinos o Abimael Guzmán, como si hubiera formado algo parecido al grupo Colina para eliminar personas u ordenado arrasar poblaciones para castigarlas por su alineamiento político, y, sobre todo, ha perjudicado el derecho de más de cien reservistas comprendidos en el juicio, de los cuales medio centenar permanece preso.

El Poder Judicial, sometido a presiones, ha sido sordo al elemental reclamo de que se hiciera la reconstrucción de los hechos, ahí donde se sucedieron y se precisen una serie de situaciones que han quedado en la nebulosa: (a) que el grupo que capturó la comisaría estaba originalmente desarmado y si, a pesar de ello, pudo reducir a los policías y quitarles sus armas, fue porque éstos estaban desprevenidos, durmiendo o alcoholizados por las celebraciones de fin de año; (b) que parte de los policías rendidos permanecieron en la comisaría para no ser acusados de desertores, lo que diluye la tesis del secuestro; (c) que el enfrentamiento armado se produjo entre un grupo llegado de Lima que inició el ataque y las líneas armadas a dos cuadras de la comisaría, en las que participaban otras personas fuera del grupo original de los reservistas; (c) que los estudios de balística sobre los cuerpos de los policías muertos indican que sus heridas principales tenían una trayectoria de atrás para adelante, lo que hace presumir que recibieron fuego cruzado, por la acción de francotiradores militares apostados en los cerros; (d) que Antauro negoció la rendición de sus fuerzas ante un riesgo de mayor enfrentamiento, a pesar de tener el control de la Comisaría y el apoyo de la ciudad.

Los jueces no han querido tomar en cuenta nada de esto. Y así como hubo uno que dijo que debía tomarse en cuenta que se trataba del hermano del Presidente como si esto justificara un menor rigor, parece que para otros el parentesco ha sido un estímulo para entregar una sentencia que satisfaga a la derecha.

¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.



...

Raúl Wiener

POLITIKA

Analista