Anillo de Giges

“El Anillo de Giges es una leyenda mitológica mencionada por Platón en su libro La república. Narra la historia de Giges, un pastor que tras una tormenta y un terremoto encontró, en el fondo de un abismo, un caballo de bronce con un cuerpo sin vida en su interior. Este cuerpo tenía un anillo de oro y el pastor decidió quedarse con él. Lo que no sabía Giges es que era un anillo mágico, que cuando le daba la vuelta, le volvía invisible. (De Wikipedia)”

| 11 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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¡Un anillo que te vuelve invisible! Bueno, dejémonos de cosas, el anillo es solo un mito. Lo que no es mitología y sí una lamentable realidad es la visibilidad que algunos buscan de manera desesperada. Me refiero al llamado figuretismo, al hacer o decir lo que sea, cualquier cosa, para hacerse notar en los medios. La desesperación por hacerse conocidos aún a riesgo de que se los etiquete peyorativamente o que se les reconozca por algún defecto antes que por una virtud. (Recordemos a Wilde cuando nos dice “Es terrible que hablen mal de uno, pero algo peor es que no hablen”. Pero Wilde no vivió la era hipermediática de ahora). A diario vemos y oímos a políticos, artistas, profesionales y no profesionales, ciudadanos de a pie, en fin a muchos que no se resisten ante la invitación a declarar sobre cualquier tema cuando les ponen un micrófono por delante y que tampoco se resisten ante la invitación a hacer el ridículo en algún programa de radio o televisión.

¿Es tan fuerte la necesidad de reconocimiento? ¿Es de vida o muerte el minuto de fama para atreverse a hacer cualquier cosa con tal de lograrla? Entendemos que a quien no tiene nada que perder le importe un pito lo que piensen de él cuando declara que Bolivar era argentino, que Odría fue el primer presidente del Perú o que no sabría qué hacer si su hijo le sale heterosexual. Aun cuando el instigador de esta oferta de visibilidad sea alguien que no tiene reparos en abusar del desconocimiento o de la ignorancia del entrevistado, aun así creo que hasta pudiera ser divertido para el que acepta participar ya que, repito, no tiene nada que perder ¿Pero el que arriesga su prestigio? ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo impulsa a este mostrarse sin respeto a sí mismo y a los demás?

Algunos sostienen que hay que propiciar la censura de estos actos. Ninguna censura será jamás justificada. No estoy de acuerdo en que se tenga que prohibir nada y menos aún estas escenas de mal gusto. Lo que sí propongo es que hagamos lo posible por conseguir el bendito Anillo de Giges, reproducirlo en número suficiente y declarar en estos figuretis su uso obligatorio y así con el anillo, en su función mitológica, volvamos invisibles a algunos sujetos impresentables. Tal vez también podríamos iniciar una intensa campaña para desarrollar el buen gusto en las personas, es decir, que se nos enseñe a reconocer rápidamente en lo visible (o en lo audible) de estas apariciones un acto o declaración que linde con la estupidez y entonces ¡zas!, en un santiamén cambiemos de canal o de estación y listo funcionó el anillo.

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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista