Amores imposibles

Volví a ver a mi amigo Edwin Rivera después de más de 25 años, desde aquel último día de clases de un colegio primario de Surquillo. Fue extraño porque lo primero que hice al verlo fue preguntarle por Angélica Noemí García, como lo hacía todos los días de aquellos años infantiles y él me contestó como siempre: “Está linda, tranquila, ya me hará caso”. Luego sonrió porque se dio cuenta de que este pechito no lo había olvidado y que nuestro código de amistad estaba fuerte como un roble viejo del norte. Cuando sonrió pude ver que no estaban ya sus caninos de Drácula. “Me los afilé. No me digas nada, porque ya sé que te cambiaste de nombre”. “Sí, ahora me llamo El Escorpión”. “Bueno, como ya sabes que Angélica Noemí García está tranquila, ¿dime tú, cómo está tu Rocío”. “No digas, tú, que hay gente, además ella tiene un dueño norteño con apellido de una ciudad de narcos”. “Tú siempre, con tus cosas”. “Como tumbes”.

| 20 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 533 Lecturas
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Edwin Rivera y este pechito éramos dos niños templados de dos niñas imposibles. Ellas se alucinaban porque habían nacido en Lima y nosotros teníamos en la cara y la voz las huellas de nuestros ríos profundos. Los dos éramos tímidos para el amor y los dos teníamos la mala suerte que las niñas imposibles miraran a los chicos más grandes que nosotros. Es posible que nuestras desventuras amorosas casi parecidas mejoró nuestra amistad que era aprueba de todo.

Con el paso de los años, cada uno ha descubierto el amor a su modo, pero, mi amigo y yo, sabemos que, cada vez que nos encontremos, el amor por esas niñas, que ahora son mujeres felices con sus parejas, será siempre nuestro tema de conversación, porque hablar de ellas es hablar de nosotros, es recordar aquellos tiempos surquillanos, en los que mi pata y yo, soñábamos en convertirnos en poetas solo para gustarles a las niñas imposibles. Fue imposible.

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El Escorpión

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