Amo a su primo

Adela llegó a casa y encontró a Ernesto con una cara tan larga que parecía llegar hasta el suelo.

| 23 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 948 Lecturas
948

—¿Ahora qué pasa?, seguramente no quieres que vaya al congreso.

—No quiero que vayas porque tengo la intuición de que algo malo nos va a pasar.

—No digas tonterías. Sabes que es una oportunidad para mi carrera.

—Haz lo que quieras.

Adela hizo lo que quería y viajó a Argentina a un congreso para estudiantes de medicina veterinaria en Córdoba. En el largo viaje empezó a darse cuenta de que su relación estaba en las últimas. “No lo soporto. Quiere manejar mi vida”, pensaba y recordaba aquello de que Ernesto tenía la intuición de que su viaje iba a traer algo malo.

Todo salió bien en el congreso en Córdoba, pero empezaron los problemas al regresar a Buenos Aires. Adela se durmió en el ómnibus en medio camino y soñó que su madre le pedía auxilio. “Carajo, la intuición de Ernesto”, dijo.

Se acercó al chofer. “Por favor, necesito llamar al Perú”. “No se preocupe: hay una parada en veinte minutos”, le dijo el chofer luego de clavarle sus ojos brillantes a los ojos oceánicos de ella.

En la parada, obviamente, bajaron todos, inclusive el chofer, y se confundieron con otros pasajeros. Adela hizo una cola inmensa para usar la cabina de teléfonos. Llamó a la casa de su madre. “Mami, ¿está bien todo?”. “Claro, hijita. ¿Dónde estás?”. “En un congreso en Argentina”. “Te felicito, hijita; serás una gran veterinaria”.

Cuando volvió, el ómnibus no estaba. “¡Carajo!”, dijo y empezó a gritar. “Tranquila, vamos a alcanzarlo”, le dijo un boliviano y arrancó su auto para alcanzar al ómnibus. Pasaron diez minutos y Adela vio a lo lejos que el ómnibus regresaba por ella.

Gracias, le dijo al boliviano; gracias, le dijo al chofer. El boliviano le dijo: “Estamos para ayudarnos”; y el chofer: “No podía volver a Buenos Aires sin esos ojos oceánicos”. Adela sonrió por primera vez desde que dejó a Ernesto con la cara larga en Lima.

Cuando llegaron a Buenos Aires, el chofer aprovechó la tarde y la llevó a pasear; y, luego, a cenar y, después, disfrutar de un espectáculo de tango y, más tarde, a otros lugares más. La enamoró.

—Me gustaría vivir en esos brillantes, como si fuesen de cristal.

—A mí me gustaría ahogarme contigo en tus ojos oceánicos, tan profundos.

Adela volvió a Lima con la decisión de acabar de una vez por todas con Ernesto.

—No me digas nada, Adela. Ya sé todo.

—Nada sabes.

—Sé que me dirás que ya no quieres estar conmigo porque te has enamorado de un peruano de ojos brillantes que trabaja como chofer en Buenos Aires y Córdoba. Te advertí. Dije que tenía una intuición.

—….

—Ya, cambia esa cara. Es mi primo y me contó por teléfono sin saber que vivías conmigo.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com

0.699512958527