Alfonso Grados Bertorini y el pensamiento democrático

La muerte es la única certidumbre de la vida. Pero su ocurrencia siempre es dolorosa y trágica para el ser humano. Como decía Montaigne en los Ensayos, “todos los días vamos hacia la muerte, en el último día ella llega”. Cuando la muerte se posesiona de personajes públicos cuya existencia ha realizado valores, el sentimiento que produce no sólo es de un profundo pesar, de dolor, sino también de reflexión y emulación respecto de la vida creadora que se fue y el legado que deja su recuerdo y su obra.

Por Diario La Primera | 07 oct 2010 |    

Es el caso de Alfonso Grados Bertorini, cuya vida transcurrió dejando huella en el periodismo, la política y la vida peruana. Hombre de talentos diversos y plurales. Hay un Alfonso Grados periodista, otro político, uno intelectual, otro diplomático y funcionario internacional, uno congresista y otro que los engloba y supera: Alfonso Grados como ser humano, como ciudadano.

Mi afecto y reconocimiento siempre se centró en esa dimensión total del hombre multifacético. Y esa visión integral del amigo fraterno es la que en los últimos años me permitió valorar y admirar, antes que sus virtudes, calidades y aportes sectoriales, de gran valor por cierto, la globalidad de su pensamiento y de sus valores personales, societales y políticos. Alfonso Grados era uno de los últimos representantes de su generación con pensamiento propio. Y coherente. Un valor nada común en nuestra sociedad política.

Hace ya más de un año lo invité para que sea miembro del Consejo Consultivo de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica. Y con la generosidad que siempre se impuso a su condición física, aceptó e hizo aportes que contribuyeron a definir el perfil moderno de una carrera profesional propia de la globalización, pero también propia del Perú y sus necesidades de bienestar y desarrollo.

En las reiteradas conversaciones que tuvimos sobre la interacción del Perú con el mundo y sobre el destino del país, pude conocer con mayor intensidad su pensamiento. De manera muy lúcida me decía con insistencia que la única ideología saludable para la sociedad, la política y la vida, era la ideología de la razón. La decisión razonable. Aquella que no está interferida por la pasión ni obnubilada por un sistema de valores o creencias que se imponen a la realidad. “Si hiciéramos lo razonable, el Perú sería otro. No hubiésemos tenido Bagua ni nuestra política sería tan excluyente e intolerante. La democracia es el reino de la decisión y la actitud razonable”.

Erich Fromm en Ética y Política define el pensamiento democrático como aquel que se sustenta en la razón y añade que la “sensatez de la política… depende de la cordura de quienes la hagan y la apoyen. Nuestra seguridad –yo añadiría y nuestro bienestar- está en el pensamiento sensato, o sea en pensar con realismo, con la razón, con la cabeza fría; en conocer la realidad de nuestros adversarios y de nosotros mismos, en estimar las probabilidades examinando los datos reales, no las meras posibilidades, y en no incurrir en un fariseísmo proyectivo”.

La concertación es eso. No es razonable fundar y sobre todo preservar la democracia imponiendo los intereses de un sector social sobre los otros y menos excluyendo las ideas de quienes piensan distinto. La concertación supone lo contrario. Reconocer y valorar los intereses y los valores del otro. Y sobre esa base establecer una base también razonable de equilibrio de intereses y expectativas. Este fue, a mi juicio, el mayor aporte de Alfonso Grados, en pensamiento y obra: reivindicar la cordura y la razón en la agitada vida política nacional.


    Manuel Rodríguez Cuadros

    Manuel Rodríguez Cuadros

    Opinión

    Columnista