Aldea global

Desde los 90 del siglo pasado, hace ya mucho tiempo, el mundo académico peruano comenzó a estremecerse por el bombardeo ideológico de la globalización. Cualquier idea centrada en nuestro propio contexto resultaba huachafa y distrital. La voz era globalizar todo: economía, cultura, tecnología, enseñanza. No había espacio ya para una reflexión auto centrada en nosotros mismos. Los peruanos, sin darnos cuenta, habíamos perdido la isla cultural que nos cobijaba mal y ahora éramos parte de una sola aldea.

| 11 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.3k Lecturas
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Bonita idea, pero sospechosa. Que el Perú estuviera sujeto a una legislación internacional que defendía los derechos humanos nos parecía formidable: la barbarie nacional pensaría dos veces antes de volver hacer lo que hizo. Participar, junto con el resto de la aldea, en la construcción de un futuro mejor era un sentimiento maravilloso. Por fin la utopía cumplida: el género humano unificado, pero hemos descubierto que globalizar es un verbo conjugable, hay quienes globalizan y quienes son globalizados.

Nos va bien con los TLC firmados, estamos vendiendo como nunca antes, aunque sabemos que el producto de la venta no llega a todos en este pequeño barrio peruano y no acabamos de entender porqué tendríamos que pagar la jarana financiera de Wall Street a la que no nos invitaron.

Resulta que la aldea global, como toda aldea, se zonifica y allí comienzan los problemas para los globalizados. Globalizar significa, por ejemplo, que los globalizadores se hacen de la vista gorda cuando los países árabes construyen con tecnología occidental barbaridades suntuosas en el mar o en el desierto usando la plata que rebalsa de sus depósitos petroleros, o cuando nosotros depredamos el mar y, peor aún, cuando aceptamos que en el plano de zonificación de la aldea se nos asigne el rol de botadero de la chatarra automotriz asiática.

En 1991 se inauguró sin pompa el botadero peruano, creativa idea del primer gobierno de A. Fujimori. Tenía su lógica, el primer gobierno de A. García, además de dejarnos económicamente en la lona, creó las condiciones para un ajuste económico feroz, que lanzó al subempleo y desempleo a cientos de miles de peruanos. A alguien se le ocurrió -en esto los peruanos somos muy emprendedores- que nacía un buen negocio si se ofrecía a bajo precio una combi, custer o auto de los botaderos japoneses o coreanos a los desempleados peruanos.

Así fue, se embarcó basura automotriz sin clasificar a puertos peruanos. Los asiáticos deben estar muy agradecidos por haberse liberado -¡y cobrando!- de la chatarra que los incomodaba. En este trámite, muchas fortunas se hicieron pero Lima colapsó. Hoy, 800,000 vehículos circulan en ella, este año se añadirán 106,000. Del conjunto, 48,000 tienen más de 35 años. 70,000 son taxis, 60,000 combis. Superamos en dos veces el límite permitido en dióxido de nitrógeno. De cada tres viajes al centro, dos son involuntarios. Francamente, nos estamos ahogando en basura vehicular. ¡Qué buena globalización!


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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto