Actuar en consecuencia

No me imagino un gerente exigiendo compromiso a sus trabajadores, hablándoles de honestidad, valores, principios, de ser un ejemplo para los demás, mientras que en su casa se porta como un mal marido y un peor padre.

Por Diario La Primera | 18 jul 2010 |    

Tampoco puedo imaginarme a un directivo de empresa que piense que está haciendo patria con su inversión y entonces lanza encendidos y apasionados discursos en las reuniones de su gremio y cuando termina se monta en su 4x4 y en la primera luz roja que se le presenta la ignora y se sigue de largo o lo vemos cruzar por la estación de gasolina para evitar el semáforo. Estos son sólo algunos ejemplos de comportamientos cotidianos que no se corresponden con un actuar en consecuencia.

El hombre debe procurar ser un continuo. No hay un hombre que cual “transformer” se vuelva honesto en el trabajo cuando no lo es en su casa o durante el camino a su casa. Aquellos que pretenden convertirse en líderes deberían comenzar por reconocer sus defectos y trabajar fuertemente en ellos para superarlos. No hay otra manera de ser un líder que la de predicar con el ejemplo.

Ayudará y mucho a este proceso el empezar por desarrollar las habilidades comunicativas. Éstas, que duda cabe, son un muy importante componente del liderazgo y deben ejercitarse no sólo en el trabajo sino en todos los planos de la vida de quien pretende ser un líder. Aquel que, por ejemplo, no mantiene una buena comunicación con su pareja o con sus hijos, con sus vecinos o con sus amigos, con su entorno en general, no tendrá tampoco una buena comunicación con sus empleados.

Entre algunas de estas habilidades comunicativas están la escucha activa, el contacto visual y la expresión oral. Todos tenemos estas capacidades. En nosotros está la decisión de desarrollarlas para utilizarlas de la mejor manera. Conocer el nivel en que se encuentran y aceptar el resultado es un primer paso para el desarrollo personal. Lo segundo es decidirse a entrenarlas.

En cuanto a nuestra capacidad de escucha, empecemos a trabajar en su mejora preguntándonos: ¿Me agrada escuchar cuando alguien me habla? ¿Lo animo a que siga hablándome o hago lo imposible para que se de cuenta que me cansa y que yo soy el que quiere hablar? ¿Escucho a las personas aunque no sean de mi completo agrado? ¿Me molesta hablar con jóvenes o con ancianos, con los muy flacos o los muy gordos, o con los de tal o cuál color de piel? ¿Cuando me están hablando me concentro de tal manera que nada a mí alrededor me puede distraer o es que estoy mirando el celular rogando que alguien me llame o jugando con las llaves o acomodando papeles en el escritorio? ¿Mantengo contacto visual y un rostro sonriente al que me habla? Son estas algunas preguntas para evaluar nuestra capacidad de escuchar. Otras tantas preguntas podríamos hacernos para conocer nuestra capacidad de establecer y mantener contacto visual y también para conocer qué tan bien hablamos. Un solo objetivo debemos perseguir: lograr interesarnos de veras en los demás para así poder actuar en consecuencia.


    Jaime Lértora

    Jaime Lértora

    ¡Habla Jaime!

    Columnista