A sangre fría

La notable periodista estadounidense Amy Goodman logró hace algún tiempo la hazaña de entrevistar a una ex oficial de Inteligencia del ejército que Bush mandó a Irak y a Afganistán.

Por Diario La Primera | 27 ago 2008 |    

¿Por qué fue esta una hazaña periodística?

Porque la entrevistada confesó, en resumen, que lo de la muerte de dos periodistas en el hotel Palestina de Bagdad fue un asesinato y no –como ha sostenido la repulsiva administración norteamericana actual- “un trágico error”.

La entrevistada se llama Adrienne Kinne y sirvió en las fuerzas armadas de los Estados Unidos durante diez años, de 1994 al 2004.

Su último destino fue Fort Gordon, Georgia, y su misión consistió en ayudar a interceptar todas las comunicaciones telefónicas que pasaran por el empleo de satélites y que ocurriesen en Irak y Afganistán.

¿Todas?

Sí, todas. Un equipo de veinte personas, entre las que se encontraba Adrienne, recibía la retransmisión del espionaje satelital, lo almacenaba en gigantescas computadoras, lo programaba de acuerdo a ciertos parámetros lingüísticos preparados por especialistas en árabe, dari y pashto –las tres lenguas básicas de la región- y lo enviaba donde los analistas militares si la transcripción resultaba “interesante” desde el punto de vista de la guerra.

Desde diciembre del 2001 hasta agosto del 2003, la sargento de Inteligencia Adrienne Kinne escuchó miles de conversaciones telefónicas. Muchas de ellas procedían de sospechosos de pertenecer a redes terroristas y parecía normal que se las secuestrase, pero la mayor parte –y eso empezó a preocupar a la sargento Kinne- salía de las líneas usadas por oenegés humanitarias, la Cruz Roja, la Media Luna Roja, Médicos sin Fronteras, periodistas, diplomáticos de todos los colores y hasta funcionarios norteamericanos del cuerpo diplomático.

Esto último inquietó especialmente a Kinne. Al fin de cuentas, una directiva de Inteligencia –la USSID 18- prohibía espiar los teléfonos de ciudadanos de los Estados Unidos (y hasta de los nacionales de países aliados) y lo que estaban haciendo en Fort Gordon ya no sólo era invasivo sino abiertamente criminal.

Un día, asustada por lo que había escuchado, le preguntó a su superior, el Brigada John Berry, si no debían temer en el futuro alguna acción legal de parte de las víctimas de tan colosal espionaje. Berry le contestó que no se preocupara, que estaban en guerra.

La sargento Kinne no sólo hacía escuchas telefónicas sino que también recibía copias de algunos documentos secretos. Eso permitía al equipo de orejones de Fort Gordon tener más luces sobre adónde dirigir la atención.

Una tarde, Kinne tuvo en sus manos un documento que la conmovió especialmente. En los días previos a la operación Shock and Awe (Impacto y Terror) –un modelo de cómo aterrorizar a un pueblo y desalentar toda respuesta organizada-, la sargento leyó un mensaje en donde se señalaba al hotel Palestina, en pleno Bagdad, como “objetivo militar potencial”.

¿No era ese el hotel de donde habían provenido tantas voces de periodistas hablando con sus jefes distantes y sus familias preocupadas? Lo era.

La sargento Kinne fue entonces donde su jefe y lo encaró. Dejemos que lo cuente con sus propias palabras:

“...Acudí a mi oficial al mando y le dije que hay periodistas alojados en ese hotel y ellos creen estar a salvo, y lo tenemos catalogado como objetivo potencial...¿no deberíamos hacer un esfuerzo para que las personas adecuadas conozcan esta situación? Por desgracia, mi oficial al mando, de forma parecida a cuando le expresé mi preocupación acerca de ciertas cosas que estábamos recopilando, me dijo que mi trabajo no era analizar, que mi trabajo era recopilar información y pasarla y que alguien, en un nivel superior de la cadena de mando, sabía lo que estaba haciendo”.

En efecto, el alto mando militar de los Estados Unidos no hizo ninguna advertencia a los vulnerables ocupantes –casi todos periodistas y colaboradores de equipos noticiosos- del hotel Palestina.

Y todo indica que ese fue un acto premeditado cuyo objetivo fue extender el terror a los periodistas independientes que no se habían alistado como “patrióticos” corresponsales de guerra en las columnas del ejército invasor. Por eso es que quienes murieron fueron dos temerarios y “marginales” camarógrafos –la especie más odiada por los asesores que demandaban no repetir los errores mediáticos de Vietnam-: Taras Protsyuk, de la agencia Reuters, y José Couso, de la cadena española Telecinco.

Cuando ese asesinato ocurrió el 8 de abril del 2003, la sargento Kinne no podía creerlo. Ese fue el día en que decidió su espantado retiro. Ahora, desinfectada y libre, recuerda lo que su jefe, el Brigada John Berry, le dijo un día de esos de máxima tensión mientras corría la cuenta regresiva de la operación Impacto y Terror:

-“Mi Brigada realmente dijo que esto era básicamente la venganza definitiva por el 11-S y que íbamos a bombardear a esos bárbaros hasta el fin de los tiempos”.

Un mes después del doble asesinato del hotel Palestina, Colin Powell mentiría –una vez más- diciendo que “esa instalación jamás estuvo entre los blancos militares de nuestras fuerzas armadas”. (No vaya a ser Obama un Powell más sofisticado).

Que esos crímenes se hayan producido “en nombre de la libertad” ya es vomitivo. Que hayan quedado impunes es toda una lección sobre la ética del nuevo orden mundial. Que una sargento de Inteligencia se atreva a contar la verdad cinco años después es, sin embargo, esperanzador. De abajo tendrá que venir la resistencia y la decencia que nos puedan salvar de tanta mierda.

Referencia
A sangre fría

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista