“A veces hay que matar…”

Fue la congresista Cuculiza la que dirigiéndose al ministro Eguiguren pronunció la frase “A veces hay que matar”, confirmando la vocación por la violencia de su facción política y representando de paso al pensamiento de ultraderecha que aboga por la pena de muerte.

| 05 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
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El contexto era la discusión sobre el reclamo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de insistir en el juicio de los responsables de las presuntas ejecuciones ilegales (“extrajudiciales” es el eufemismo) de varios de los miembros del MRTA que se habían rendido luego del asalto.

Es una historia sin terminar porque todavía, como dicen los periodistas, no sale la verdad a flote… pese a que se han publicado, que conozcamos, por lo menos cinco libros sobre el famoso caso que se inició con la toma de la residencia del embajador de Japón el 17 de diciembre de 1996 y culminó, en apariencia, el 22 de abril del año siguiente.

Aquellos cinco trabajos presentan la historia con sesgos distintos. Federico Prieto Celi (“Rescate en Lima”, 1997), conspicuo miembro del Opus Dei, mostró la visión más complaciente con el fujimorismo. Más interesante fue el testimonio del embajador Moríhisa Aoki (“La casa del Embajador”, 1998) que publicó primero en Japón porque tenía que explicar y justificar conductas, como su empecinada oposición a la solución militar pero no fue suficiente para permanecer en el servicio diplomático. Al año siguiente circuló otra versión más inquietante todavía porque era el testimonio de Yusuke Murakami, asesor político de la embajada (“El espejo del otro”, 1999) que reveló las fricciones entre los rehenes y denunció las tibiezas niponas finales.

En este año circuló la versión en castellano del texto del marino exrehén Luis Giampietri (“Rehén por siempre”, 2011) que ya había sido publicado en inglés y en dos ediciones (“41 Seconds for Freedom”, 2007) y que, por supuesto, justifica absolutamente la decisión fujimorista y relata que el último emerretista que combatía “fue neutralizado”.

El mejor trabajo es el de David Hidalgo (“Sombras de un Rescate”, 2007) producto de una investigación seria, acuciosa, respaldada por documentos y que no solo es el mejor relato de la peripecia sino que recoge la versión de que, efectivamente, varios emerretistas fueron capturados con vida y luego ejecutados.

Hidalgo recoge el testimonio del primer secretario Hidetaka Ogura (pp. 154-155) que escuchó que la “Gringa” se rendía y pedía que no la maten. Y vio a “Tito” con vida cuando lo arrastraban al interior de la residencia. Luego sería mostrado muerto.

Es pues una historia incompleta, sin terminar, porque todavía –e insisto en un lugar común- hay muchos cabos sueltos…

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Juan Gargurevich

Opinión

Columnista

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