A cualquiera le puede pasar

Arturo Huaytalla se pavoneaba en aquel tiempo de que a él jamás lo habían asaltado, que ningún pirañita se había atrevido a arrancharle su reloj en la avenida Wilson. Vivía en San Borja en la casa de unos tíos que habían tenido la suerte de morar en ese barrio residencial luego de que llegaron a Lima desde Ayacucho escapando de las zarpas del terror.

| 31 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores |1k Lecturas
1088

Terminaba la década del ochenta y los muchachos del barrio se juntaban en las banquitas del parque para contarse sus cosas después del partido de fulbito con los árboles que hacían de arcos ecológicos. A todos les habían asaltado varias veces y a algunos con violencia descomunal, menos a Arturo Huaytalla, de veinte años de edad. “Ya te pasará, pelo duro, ya te pasará”, le decía Monito, el mayor del grupo. “Jamás, compadre, a mí nadie podrá robarme nada, porque soy un Morochuco, carajo”, contestaba Arturo, pedante como siempre. Era verdad, nadie le había robado porque en aquel tiempo Arturo tenía la cara de un piraña mayor dispuesto a rajarle el alma a cualquiera; pero lo dejaron calato una madrugada en la esquina de la avenida Las Artes con San Borja Norte. En este lugar Monito tenía su puesto gigante de periódicos que alquilaba de vez en cuando a parejas nocturnas sin mucho dinero que buscaban un cuartito.

Arturo salía con Lucía, una doméstica huancaína de la zona que enloquecía a todos los peloteros del barrio por sus curvas apetitosas, pero que había caído en las garras ayacuchanas de Arturo. Aquella madrugada de amor a Arturo se le había olvidado cerrar la puerta del quiosco por estar ocupado en los trámites engorrosos del desnudamiento. Fue una noche de amor loco, un encuentro casi bestial entre un ayacuchano feo y una huancaína bellísima. Cuando se levantaron después de dormir varias horas luego de una lucha sin tregua, no podían cubrir su desnudez porque alguien había hurtado hasta los tacones de la huancaína. “Mierda”, gritó Arturo. Ya había amanecido e inclusive unos clientes madrugadores de Monito esperaban afuera la prensa dominical. Se cubrieron con unas revistas y con las hojas de los diarios más grandes y pasaron la vergüenza de sus vidas. De pronto, Monito llegó con su moto trayendo el primer lote de diarios y, al escuchar la desgracia de la parejita, tuvo que traer algunas prendas suyas de su casa. Fue la comidilla del barrio por varias semanas seguidas después del fulbito hasta bajarle de las nubes al ayacuchano pedante. Una noche, cuando Arturo dijo con humildad que a cualquiera le podía pasar alguna desgracia, Monito fue a su casa y trajo en una bolsa negra las prendas que había hurtado aquella madrugada cuando la pareja descansaba con placidez después del aquel encuentro de amor andino.

Loading...



...
El Escorpión

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com