62 Las armas y los pobres

¿Se escuchan tambores de guerra en la región o son efectos especiales de una nueva película millonaria sobre los grandes negociados de los poderes?

| 18 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Umberto Eco[1] distingue entre la paleoguerra y la Neoguerra: si la primera necesitaba un adversario visible, directo a quien dirigir nuestros cañonazos, la segunda tiene un enemigo opaco al que se le combate con tecnología de punta. Para entrar a una guerra moderna, primero se hacen vitales consultas con el Banco Central y con el sistema financiero nacional e internacional, y por cierto, con los medios de comunicación, porque ya sabemos que una neoguerra no necesita el valor de Grau o de Bolognesi sino la audacia de los banqueros, la frialdad de los financistas y la decisión inescrupulosa de las más altas esferas políticas.

En Irak, Bush confundió amar a América con armar a América y montó una desigual neoguerra norteamericana contra una paleoguerra iraquí, con el resultado que conocemos. Las industrias occidentales han armado a Irak y lo han destruido bajo la misma factura. Por eso cuenta Eco que un ex director de la CIA dijo en una entrevista para la Repubblica de Italia (mayo 2007), “paradójicamente, el enemigo que había que bombardear era los bancos off shore como los de las islas Caimán…”

La “neoguerra” privilegia la inteligencia sobre las batallas de tierra y sus consecuencias pueden durar décadas para superar sus efectos en la economía, en la política y en la cultura cotidiana, porque una “neoguerra” es también un producto mediático. Si no ¿para qué Bin Laden hizo transmitir el espectáculo de la destrucción de las Torres Gemelas?

¿Por qué, en los últimos cinco años, los países de UNASUR han gastado más de 150 mil millones de dólares en armas sin pensar en las decenas de millones de sudamericanos bajo el nivel de pobreza?

Nuestros gobernantes no se han dado cuenta que la mejor manera de derrotar al narcotráfico, el terrorismo, la delincuencia, las enfermedades y la ignorancia es preparar gente sana y educada, que tenga algo que perder si se relaciona con el delito, que aprenda y aspire a respirar tranquilidad con su familia y en la calle.

A propósito del despropósito armado en Sudamérica, en su latín se me quejaba un viejo profesor: “errare humanun est, ma non tantum”.


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Carlos Urrutia

Opinión

Columnista