2,600 millones de pobres

Mientras Cipriani y Rey insisten en creer que las mujeres son vientres o tierras de labranza (a la espera de cualquier regante) y que si un loco degenerado las viola en un ascensor “tienen el deber” de parir, ayer, en Huánuco, una de esas mujeres que la Iglesia dice proteger dio una lección radical de libre albedrío: se ahorcó porque estaba harta de no tener con qué darle de comer a sus tres hijos.

| 17 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 838 Lecturas
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Yesenia Domínguez Trujillo se llamaba y tenía 28 años. Había discutido con su marido –Marcelo Torres Chihuán, de 48- porque ya no sabía qué hacer con el hambre de Francis (4), Deisy (6) y José (8).

El marido, un obrero de construcción civil, le volvió a decir que no era enteramente su culpa, que había hecho un trabajo por el que le debían haber pagado hacía dos meses y que se había presentado a varias obras pero que no había vacantes y que, más bien, estaban despidiendo a los que empezaban a sobrar. No lo dijo así, pero eso fue lo que quería decir.

A Yesenia pareció importarle poco la explicación. Siguió reclamando a voz en cuello y dijo que no podía más, que lo que debía hacer el marido era llevarse a sus tres hijos y darles de comer algo en el mercado.

Marcelo Torres Chihuán, salió, en efecto, con sus tres hijos y con cinco soles en el bolsillo. El corresponsal del diario “Correo”, de donde procede esta noticia aparecida ayer en su versión digital, no precisa qué pudieron comer los niños con los cinco soles del padre.

Lo que sí dice es que, de regreso del mercado, Marcelo tocó la puerta de su casa (Las Magnolias 107, distrito de El Tambo, Huánuco) y que nadie respondió. Entonces se trepó por una pared y halló a su mujer colgada de la viga que divide la cocina del único dormitorio de la casa. Había usado una faja ombliguera para ahorcarse.

Mientras Yesenia Domínguez ejercía, del modo más siniestro, su soberanía personal, a muchos kilómetros de allí, pero casi simultáneamente, una mujer llamada Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), informaba a la prensa que, según las estadísticas, la crisis reciente ha incrementado en 13% el hambre en la región.

Latinoamérica había logrado cifras excepcionales de crecimiento en los últimos años –añadió-, pero la dimensión de la crisis actual está haciéndonos retroceder.

Para decirlo en cifras: mientras los conservadores celebran los funerales del debate económico (“¡nadie debe discutir la prevalencia del mercado!”), treinta por ciento de latinoamericanos viven instalados en la pobreza.

Eso quiere decir que 180 millones de latinoamericanos son pobres. Y de ellos, 70 millones pueden considerarse pobres extremos.

Sólo en el 2009 el número de desempleados en América Latina crecerá en unos cuatro millones adicionales.

No olvidemos que, como el Perú lo grita en cada esquina, América Latina es la región con mayores índices de desigualdad. El 10% más rico se lleva hasta el 47% de la renta, mientras que el 20% más pobre se reparte el 3 por ciento del PIB regional.

Pero si el escenario latinoamericano es preocupante, la aldea global, donde se supone que la felicidad está a punto de consagrarse, resulta inexplicable.

A pesar de estas décadas de liberalismo galopante, la miseria de millones demuestra una tenacidad enfermiza y un carácter sistémico: de los 6,791 millones de habitantes de este planeta todavía azul, 2,600 millones viven con menos de dos dólares por día. Y de estos 2,600 millones, 1,040 millones –la cifra ha aumentado en los últimos diez meses- “viven” con un dólar o menos de un dólar. Por eso es que la FAO dice, con toda razón, que hay por lo menos 1,040 millones de hambrientos en el mundo.

La directora del Programa Mundial de Alimentos, Josette Sheeran, dijo ayer –en pleno Día Internacional de la Alimentación- que el hambre mundial se aliviaría considerablemente sólo con el uno por ciento (1%) de lo que los gobiernos ricos han gastado en salvar bancos y corporaciones.

La gran prensa comprometida con el inmovilismo quiere hacernos creer que hemos abordado el tren expreso al paraíso. Pero gente como Yesenia Domínguez Trujillo no pudo creer que los sueldos basura, los sindicatos aporreados y los parados crecientes sean parte de algún edén.

Cuando alguien me pregunta cuál es la diferencia entre derechas e izquierdas suelo decir que sólo hay una: la compasión, la posibilidad de ponerse en el pellejo de los que sufren.

La derecha es implacable y socialmente darwinista cuando le va bien. Apenas fracasa llama a los bomberos para que la salven del fuego. Pero ni cuando le va bien piensa en los de abajo. Y a quienes se preocupan por ellos les llama “pobretólogos”. ¿Son otra especie? ¿Tienen genomas diferenciados? Algún día lo sabremos.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista