¿García es envidiable?

El doctor García pierde el control en público. Su salud, fatalmente, resulta un asunto de Estado.

Por Diario La Primera | 22 ago 2009 |    

Ayer, hecho una furia, ha dicho que quienes lo critican “tienen el alma carcomida por la envidia”.

El despacho de la agencia Europa Press ha puesto esas palabras a circular por todo el mundo. Claro, para Europa Press es noticia que un presidente de la república derrape en esa rabia.

No es la primera vez que el doctor García tilda de envidiosos a sus oponentes (o sea, al 67 por ciento de los peruanos, según todas las encuestas de nivel nacional).

En los días remotos en los que fuimos cercanos –antes de que él se hiciera esplendorosamente rico- el doctor García solía deslizar la idea de que los políticos de su generación (la nuestra) lo envidiaban a más no poder y le mordían los tobillos y le escupían el estofado de pura impotencia.

Y quizá en esos tiempos el doctor García no andaba descaminado. Era cierto que sus dotes de líder y la velocidad de su ascenso provocaban más de un retortijón de tripas entre sus coetáneos.

Inclusive en el Apra se hizo práctica corriente ponerle zancadillas a García, hablar a sus espaldas y roer su fama.

Para decirlo con todas sus letras: García era una figura envidiable en esos tiempos. Elocuente como Castelar, radical como González Prada, deseoso de un cambio en democracia como el Gaitán que el crimen se llevó, García era, además, extraordinariamente joven para sus logros, majestuosamente alto para sus pares y groseramente más inteligente que la generación política que lo precedía.

No es necesario explicar en detalle por qué esa envidia no es repetible ahora y por qué ahora evocarla resulta suicida.

Resumiendo con la mayor delicadeza posible: Castelar se ha ido y en su lugar un Perón de montaña habla en las inauguraciones. González Prada ha sido recluido en un asilo y hay un chocho con la cara de Ravines que da consejos de cocina. Y la sombra de Gaitán se ha esfumado. Un Uribe en inglés lo ha reemplazado.

A todos nos cae el tiempo como un martillo hidráulico. Pero a los que envejecen siendo lo que no quisieron ser y aceptando hacer lo que juraron no harían les pasa algo peor. Eso peor está en la cara actual del doctor García y en sus gritos de envidiado imaginario.

¿Envidiar a quien, en nombre del realismo conservador, arrió todas sus banderas? ¿Envidiar su 27 por ciento de aprobación?

Desde luego que alguien podrá preguntarnos si no son dignos de envidia su fortuna, su departamento parisino, sus poderes diurnos, sus derechos nocturnos.

Y creo que aun en ese caso la respuesta es no. Porque los envidiosos, en todo caso, apuntan siempre, con su garra inmunda, a la felicidad del otro. Y a estas alturas yo no creo que el doctor García sea especialmente feliz.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista