Verdades y mentiras

El deber de los periodistas es decir la verdad. Si la prensa no dice la verdad, ¿para qué sirve?

Por Diario La Primera | 13 jun 2009 |    

¿Para cantar yaravíes? ¿Para construir mitos?

Si los periodistas no dicen la verdad sino que alientan el rumor, ¿en qué se convierten?

¿En ideólogos? ¿En extras de una película? ¿En aprendices de Cabrera Infante?

Y las televisiones, las radios y los periódicos que se acostumbran a no decir la verdad, ¿qué son?

¿Parte de una trama del entretenimiento? ¿Fichas de damas chinas? ¿Cajas de resonancia? ¿Norcoreanos adoptivos? ¿Pinochetistas de corazón?

A estas alturas algún bloguero con uno de esos egos inflamados montados en un mototaxi podrá preguntar, con toda razón y mala leche a la vez:

¿Y qué es la verdad?

Solemne pregunta. Pero como aquí no hablamos de la Verdad con mayúsculas –aquella que Hegel llamó alguna vez Dios-, ni de la Verdad científica –aquella que Heisenberg terminó de descuadrar desde la física cuántica-, entonces la respuesta no tiene por qué ser solemne.

En periodismo, la verdad es lo que más se parece a lo que ha sido.

O sea que no puedes “contar” lo que no está documentado, lo que no ha sido confirmado por varias fuentes a la vez, lo que no se sostiene en testigos calificados, lo que viene de la difamación colectiva o del recurseo político.

Albert Camus le hace decir a un personaje de “La peste” esta frase genial: “Siempre hay un momento en la historia en el que aquel que se atreve a decir que dos y dos son cuatro es condenado a muerte”.

¡Eso exactamente, sin ínfulas ni academicismos! Dos y dos son cuatro. Y cuando uno cuenta cadáveres, el rigor debe ser tan extremo como el que estira aquellos pobres cuerpos.

Ayer, por ejemplo, la Defensora del Pueblo –a quien nadie puede acusar de proaprismo- reunió a la prensa extranjera para darle las cifras que la Defensoría ha recogido en Bagua: 33 muertos, 23 de ellos policías, 10 civiles (eran nueve, pero uno de los heridos falleció hace pocas horas). ¿Desaparecidos? Un agente de policía. De los diez civiles muertos por disparos policiales, cinco eran nativos. Y de los 240 heridos, la mitad es por arma de fuego. 31 de esos heridos son policías.

Saldo trágico, por supuesto. Recuento que mancha otra vez de sangre las manos de Alan García –sobre todo si pensamos que los policías fueron conducidos a una emboscada por la incompetencia criminal de sus jefes-.

Pero aunque terrible y doloroso, ese saldo no se parece mucho a la innumerable montaña de cadáveres que algunos pintan para deleite de la imaginación y sonrojo del periodismo.

A las cifras de la Defensoría, se añade el comunicado de ayer del Instituto de Defensa Legal (IDL), que reconoce “el asesinato de 34 compatriotas –policías y nativos-...” y cuyo último párrafo deshace, por ahora, la inflación cadavérica de algunas prensas:

“Por el momento los organismos de derechos humanos que hemos estado en la zona del conflicto no tenemos elementos para afirmar ni negar que murieron más nativos o civiles de los informados oficialmente. De haberlos, tarde o temprano se sabrá, pues la verdad siempre se abre paso, como sucedió durante los años del conflicto armado interno en los que los organismos de derechos humanos tardamos varios años en demostrar la inocencia de personas que habían sido injustamente acusadas y sentenciadas por terrorismo”.

Lo dice el IDL, acusado por la prensa sanchecerrista de “caviar”, rosáceo y antipatriótico. Y lo dice como un homenaje a la seriedad, al rigor informativo y a su propia y bien ganada reputación.

No sé en dónde leí alguna vez que la verdad es paciente pero que la mentira siempre está apurada. Ese concepto coincide con aquella idea romana, atribuida a Aulio Gelio, de que la verdad es hija del tiempo: “Veritas filia temporis”. Es decir, la verdad es lo que queda después de las batallas.

La verdad, además, es bella como una buena hembra. Está allí y ni siquiera hay que inventarla. ¿Por qué no preferirla?


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista