Un poder sin poder

El final sin gloria y con pena de la última legislatura nos brinda una imagen cabal de eso que Víctor Raúl Haya de la Torre llegó a considerar el primer poder del Estado.

| 12 junio 2008 12:06 AM | Columna del Director | 380 Lecturas
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Hay en el mundo, cierto, una tendencia a arrebatar a los Parlamentos la facultad de legislar. En muchos países, el Ejecutivo, a través de sus asesores y tecnócratas, se encarga de proyectar leyes. Pero en pocas partes ocurre lo que en el Perú: que el Congreso otorga facultades legislativas excesivas al Ejecutivo y abdica de su derecho a debatir los problemas de fondo.

El Congreso peruano ha exhibido ayer la magnitud de su abdicación. El Apra no ha querido abordar una reforma constitucional que sea realmente tal.

Lo que la derecha, es decir la bancada aprista y sus afines, querían era debatir aspectos superficiales, puramente políticos, en el peor sentido de la palabra.

La “reforma” constitucional que aquellos proponían consistía, entre otras cosas, en un cambio en la administración de justicia. ¿Alguien cree que con eso iba a terminar o a amainar la corrupción del aparato judicial o la manipulación gubernamental en éste?

Tampoco el intento de resucitar la Cámara de Senadores puede apasionar a los ciudadanos. Recordemos que, a lo largo de siglos, los sectores democráticos y revolucionarios han propugnado una sola Cámara, no dos.

La renunciabilidad de los congresistas, en un país donde el Congreso es, en la valoración del Ejecutivo y en la apreciación ciudadana, la última rueda del coche, tampoco estaba hecha para estremecer a la población. Aquí, a lo mejor sería más aceptada la propuesta de que se vayan todos.

Lo grave es que el aprismo parlamentario se negó a discutir cuestiones que sí afectan a la vida colectiva. Por ejemplo, sobre el régimen económico neoliberal que la dictadura del crimen y el latrocinio estableció, barriendo con derechos humanos y laborales.

¿Que la Constitución condujo el Perú al éxito? La respuesta la dan los dolorosos índices de pobreza, la alta mortalidad infantil, el abismo creciente de la desigualdad, el atraso económico, educativo, científico y tecnológico, la sequía industrial, la ruina agraria.

De eso debió discutirse. La bancada aprista lo impidió, sin duda porque sabe que tendría que esconder la distancia que hay entre la Constitución de 1979, que Haya firmó, y la que el japonés Fujimori nos impuso.

Entretanto, escuchamos que los patronos y sus voceros mediáticos afirman que en el Perú los costos salariales y las condiciones de trabajo son, para los empresarios, los peores de América Latina. Quieren más despidos, más salarios de hambre.

Jaime de Althaus se regocija por el apogeo salarial en Trujillo, donde el jornal ha subido, según sus informantes, de diez a veinte soles. ¡Eso se llama revolución capitalista! ¡Qué feliz me siento!


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com