Un líquido superfluo

Alberto Químper sufre arresto domiciliario, pero se pasea por las calles como Pedro por su casa. Los policías que deben vigilarlo admiten que a veces se descuidan. Uno declaró que él se había alejado por razones personales. El otro, según el ministro del Interior, había ido a “miccionar”, es decir, a efectuar eso que en El decamerón Giovanni Bocaccio llamó “evacuar un líquido superfluo”.

Por Diario La Primera | 17 jul 2009 |    

Todo vale cuando a la autoridad se le afloja el estómago.

Químper se toma sus libertades porque sabe que tiene la comprensión de la autoridad policial, la cual, a su vez, goza de simpatías más arriba. Ése es el problema de fondo.

Químper tiene derecho al arresto domiciliario, en razón de su edad y por padecer una enfermedad severa. A lo que no tenía derecho es a burlarse de la ley.

La audacia de Químper se apoya sin duda en las promesas de impunidad formuladas en el lado oscuro de las altas esferas. Eso mismo explica por qué Rómulo León goza de arresto domiciliario sin tener derecho a ello. Ha insinuado éste que algo va a callar respecto a funcionarios del régimen.

Hay en todo esto, aparte del faenón corrupto, dinerario, de León y Químper, un problema de moral pública.

Me apena que un Químper esté metido en la corruptela gubernamental. No puedo olvidar que José María Químper fue en el siglo XIX un político y jurista de alto nivel intelectual y ético.

Fue ministro en los días gloriosos del 2 de mayo de 1866, cuando el Perú se enfrentó a una agresión española. Asimismo, fue ministro de Hacienda cuando se inició la guerra del Pacífico. La derecha de la época, nucleada en el Partido Civil, se opuso a medidas destinadas a recaudar fondos para nuestro ejército del sur. El Senado llegó a rechazar un impuesto al capital. Químper fue censurado.

Hubo otro José María Químper memorable, ya en el siglo XX. Fue un intelectual progresista, muy cercano a la izquierda marxista. En los años 50, debido a su dominio del derecho y del idioma inglés, se desempeñó como funcionario de las Naciones Unidas. No puedo olvidar las muestras de afecto y estímulo que este hombre, caballero distinguido, me brindó cuando yo era un muchacho pobre y desconocido.

Antes de ingresar a la ONU en su sede washingtoniana, Químper había sido alto funcionario de la compañía de aviación Panagra. Era allí un vigía que ayudaba a los viajeros progresistas que venían a Lima o llegaban de tránsito. Fue por eso que ubicó a Nicolás Guillén, quien había partido de Chile, y no tenía previsto permanecer en Lima.

Químper nos regaló, pues, la presencia del poeta nacional de Cuba, el que enriqueció con ritmos de rumba y rumbos de justicia, la poesía latinoamericana.

Cómo no sentirme apenado con los líos en que se ha metido Alberto Químper. Las malas juntas y la fenicia ambición lo han castigado.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com