Un cándido optimista

En el Perú ha surgido un optimista tan eufórico que cree que puede lograr que los peruanos no lean a César Vallejo.

| 18 marzo 2012 12:03 AM | Columna del Director | 2.3k Lecturas
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Diego de la Torre, se llama ese señor, que condena a Vallejo por contagiar pesimismo. Deplora la frase vallejiana “yo nací un día en que Dios estuvo enfermo” y enarbola el remedio: “a nuestros hijos hay que decirles que han nacido un día en que Dios estuvo contento y que el Perú es un país maravilloso.”

La tontería, publicada en El Comercio, me trajo a la memoria una escena en casa del compositor cusqueño Armando Guevara Ochoa. Don Víctor Guevara dijo a un grupo de músicos allí presentes: “hay que dejarse de huaynos tristes. Compongan canciones alegres”. El folclorista cajamarquino Ramiro Fernández le replicó: “Doctor, el otro día vi cómo un señorón le aplicó un puntapié a un empleado a quien llamó ‘indio de mierda’. Fui a mi casa y compuse una canción. ¿Cómo cree que era ésta: alegre o triste?

Si de la Torre tiene hijos debería recomendarles que nunca visiten los callejones del Rímac o Barrios Altos, ni vean a los niños de la puna puneña que caminan descalzos en la nieve.

El genial humorista uruguayo Arthur García Núñez, célebre bajo su seudónimo de Wimpy, escribió: “Pesimista es uno que sabe cómo acaban en el mundo los optimistas.”

De la Torre no distingue entre la versión dolorida pero realista de Vallejo y el pesimismo vulgar que todo lo ve feo y negativo. No alcanza, el autor del desaguisado, a ver la hondura y la vigencia del llamado a la solidaridad que hay en toda la poesía vallejiana, desde “El pan nuestro” hasta “Masa”.

El columnista flamante rechaza el ensayo de Michel de Montaigne, el noble francés que hace casi cinco siglos escribió: “La pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos”. Que pregunte a los indignados de Wall Street, o de España, o de Grecia, o de Cajamarca si eso no es cierto.

El extirpador de idolatría criollo cree que no hay que leer a Vallejo, ni a Julio Ramón Ribeyro, ni a Montaigne, ni a Voltaire. Tampoco a Marx, quien justo en estos días, al compás de la crisis, encuentra millones de nuevos lectores, sobre todo jóvenes y obreros.

En el fondo, Vallejo hizo suyo, quizá sin saberlo, el lema de José Carlos Mariátegui: “Pesimismo de la realidad, optimismo de la lucha.”

En su libro El gusano loco, Wimpy lanza una réplica al optimismo ciego:

“Cada latido es un regalo”.

“Por no haber entendido eso, tuvo que confesar, allá en sus años viejos la Marquesa de Sevigné:

“¡Qué feliz era yo en aquellos tiempos en que era infeliz!”.

Una inquietud final: ¿el señor de la Torre ha leído a Vallejo? Si lo ha leído, ¿cómo ha hecho para no contagiarse de pesimismo?

Creo que el optimismo mejor, consiste en creer que otro mundo es posible, que la justicia es posible.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com