Raza de titanes

Hace medio siglo, ascendí­ por primera vez a Machu Picchu. íbamos con mi flamante esposa, en luna de miel con 500 dólares en el bolsillo que nos alcanzaron, no sé cómo, para llegar hasta Rí­o de Janeiro, con ida y vuelta. Milagros de la juventud y la pobreza. En la ruta descubrimos ese prodigio de piedra y belleza. Machu Picchu.
Pocos años después volví­ a la ciudadela, junto con una delegación que acudió a un Congreso Nacional de la Federación de Periodistas, cuya sede fue la Ciudad Imperial. Recuerdo que al dí­a siguiente, tomando desayuno en el mercado central de Cusco, Héctor Béjar me dijo: ¡Era una raza de titanes!.

Machu Picchu no es sólo la imponente arquitectura de piedra, sino también la hazaña estética de situarla en un paraje majestuoso en el que la mano !“el cerebro- del hombre se conjuga con la escala cósmica del paisaje.

Allí­ se unieron, entonces, el sueño del artista y el brazo del constructor.

El ilustre cusqueño José Uriel Garcí­a formuló hace varias décadas la tesis de que la ciudad habí­a sido un centro de producción textil en el que trabajaban las ví­rgenes del sol para el inca. Su estudio encontraba en la disposición y los compartimientos una confirmación de su hipótesis.

| 09 julio 2007 12:07 AM | Columna del Director | 2.5k Lecturas
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Los poetas han celebrado como nadie el misterio y la grandeza de la ciudadela. Pablo Neruda ascendió hasta allí­ en 1943, en dí­as de la guerra antifascista.

Antes de eso, en Lima, la Asociación Nacional de Escritores le rindió un homenaje de gala !“llamÉmosle así­--; pero nadie decí­a una palabra. Un grupo de plebeyos, entre ellos el poeta y obrero textil Leoncio Bueno en overol y quien esto escribe, palomilla sin corbata, que estábamos en las afueras, decidió interrumpir el silencio. Me designaron orador !“no de fondo; más bien sin fondo y sin fondos--; pero mi emoción resultó elocuente. Neruda se paró sobre una silla y sacó del bolsillo del saco unas hojas, y leyó. Era su reciÉn escrito ¡Nuevo canto de amor a Stalingrado!.

Luego viajó con Esteban Pavletich a Cusco, y subió con Éste y Luis Nieto, a Machu Picchu. En su Canto general expresó su asombro por la ciudadela del pasado y su congoja por la miseria del indio de hoy. Juan Gonzalo Rose, el nuestro, en intenso poema escrito en las laderas del monumento, lanzó esta jaculatoria: ¡necesitamos / menos belleza, Padre, / y más sabidurí­a!. Martí­n Adán asimismo ha homenajeado a ese desafí­o. TambiÉn Alberto Hidalgo ha escrito un hermoso poema a esa construcción que es ahora reconocida como una de las maravillas del mundo.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com

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