Plaguicidas, vasto crimen

Los exámenes toxicológicos han demostrado, de modo terminante, que la intoxicación masiva que se produjo en el pueblo cajamarquino de Redondo y que causó la muerte de tres niños se debió al uso de una taza de aluminio contaminante. Había en ésta residuos de un plaguicida carbámico.

| 13 octubre 2011 12:10 AM | Columna del Director | 1.9k Lecturas
1944

Hubo, pues, descuido. Descuido de las madres de familia, por una parte, y negligencia del personal de Programa Nacional de Asistencia Alimentaria (Pronaa), que no siguieron indicaciones previstas por funcionarios que fueran despedidos de la institución por denunciar irregularidades y peligros, y por no ser apristas.

Hay en ese nivel una culpa de ignorancia, es decir, de desconocimiento de lo amenazante de los plaguicidas. Hay asimismo responsabilidad de los funcionarios locales.

Pero hay una responsabilidad mayor, histórica. La de un Estado que no educa y previene respecto a los plaguicidas, y que incluso permite el uso de algunos que están prohibidos en el resto del mundo. Existe la llamada “docena sucia” de esos productos, que circulan en el país, con el auspicio virtual de los organismos públicos involucrados.

Hace tres meses, antes del cambio de régimen, la Comisión de Transición del Agro, designada por Gana Perú, descubrió en los almacenes del Servicio Nacional de Sanidad Agraria (Senasa) plaguicidas de la “docena sucia” con fecha vencida, pero actualizada para que se empleara pese a todo.

Tengo el pálpito de que había detrás un negocio corrupto y de que los funcionarios pertinentes eran apristas.

Un periodista de este diario, arequipeño vinculado al agro, me dice: “César, desde que tengo uso de razón he visto que personas del sector campesino mueren por contaminación de plaguicidas”.

Una amiga que vivió en Aucallama, que era una tranquila aldea de gente morena antes de que a alguien se le ocurriera establecer ahí una cárcel, me ha contado una tragedia local provocada por plaguicidas.

Doña Malena Alzamora de Dorador, gran dama del pueblo, tenía una tienda donde se expendía querosene, se pagaba la luz y se hablaba por teléfono con uno de esos aparatos con manivela. La señora manejaba las llaves de la iglesia donde estaba la Virgen del Rosario, patrona de Aucallama.

Como era una mujer de energía ejemplar, doña Malena trabajó una chacra de frutales. Cuando obtuvo la primera cosecha de albaricoques, comió el fruto hasta el hartazgo. Ella y sus hijas fueron a dar al hospital, por envenenamiento con insecticidas. Las jóvenes se salvaron, ella murió.

La lección de fondo es que no hay en el país una educación sanitaria, que preste atención al peligro de los agroquímicos. Eso se debería aprender desde la escuela, particularmente en el sector rural. “No puede haber buen gobierno, si no crea buen colegio”, señalaba mi informante gentil.

¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


En este artículo: |


...

César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com