Pero qué les pasa

Tres estudiantes de medicina secuestran y asesinan a una niña en Chimbote, Perú. Uno de ellos es una mujer. Tienen entre 18 y 20 años de edad. No se han suicidado.

| 15 marzo 2009 12:03 AM | Columna del Director | 457 Lecturas
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Mientras ellos confesaban su crimen, en Winnenden, Alemania, el miércoles 12, Tim Kretschmer, de 17 años de edad, ejecutaba la matanza de 15 personas y luego se suicidaba. Procedía de una familia acomodada. En la escuela de donde había sido alumno, el muchacho mató a nueve colegiales, ocho de éstos mujeres.

El mismo miércoles, otro joven, de 28 años, Michel McLendon, asesinó en Alabama, Estados Unidos, a diez personas, entre ellas a su madre, su abuelo, un tío, dos primos y un bebé. Michel era un desempleado tundido por la crisis. Se suicidó.

¿Qué pasa con estos jóvenes adictos de la violencia y la muerte?

Muchos psiquiatras y psicólogos echan gran parte de la culpa a la televisión.

Francisco Umbral atenuó el reproche cuando escribió que la televisión basura no es peor que la vida basura que llevamos.

Pero es un hecho que la televisión influye.

Pesan, asimismo, otros factores. La violencia del medio social es uno de ellos. Basta ver el fenómeno de las “barras bravas”, fomentadas por directivos de clubes futbolísticos. Más de una vez han producido asesinatos.

Puede uno preguntarse, por otra parte, ¿de dónde surge la pasión violentista si no de una sociedad desgarrada por el egoísmo y la indiferencia, cuando no el odio al otro, al distinto?

El ambiente social y la violencia del hogar también confluyen. Recuerdo la entrevista que hace pocos años hizo una alumna sanmarquina a un jefe de barra. Aparte del ansia de matar, había en las palabras del entrevistado otro crimen: su modo de expresarse sólo incluía insultos y groserías. Era una inhumana catarata de improperios.

Esa carencia de gramática y hasta de léxico era sin duda fruto de un hogar sin afectos, sin diálogo, sin lecturas.

El adolescente alemán de los 15 asesinatos era un muchacho adinerado, pero solitario. Su placer eran las armas de la colección paternal. Conversaba más con la computadora, ante la cual pasaba todo el día, y con las pistolas Beretta, que con su padre.

Hay detrás de todo esto varias crisis. Una es la crisis de valores. El mundo del capitalismo salvaje es el de la quiebra moral.

Otra es la crisis de la familia, estragada por el desamor. La violencia familiar, sobre todo contra la mujer y el niño, recorre todos los sectores sociales.

A eso se añade la televisión. Abundan en ésta escenas de violencia, lo cual conduce a contagios psicológicos. Niños y adolescentes ven la violencia como algo normal y como medio para resolver conflictos.

En esta ola de crímenes juveniles hay dos culpables: la civilización reinante y los padres irresponsables o ausentes. Otro mundo y otro hogar también son posibles.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com