Pavana para infantes difuntos

En estos días, mientras nos quejábamos del frío de Lima (12 grados bajo cero), hemos visto a los niños de Puno que mueren a causa del friaje. Las cámaras los han enfocado, con los pies desnudos, a 20 grados bajo cero.

Por Diario La Primera | 21 jul 2010 |    

Mientras nuestros gobernantes se llenan la boca con el discurso del aseguramiento universal, allá, como en muchísimos otros lugares del Perú, los pobres no tienen más seguridad que el desamparo.

Los médicos de EsSalud saben de un lugar de Lima donde también los niños mueren de frío. Es un sitio cuyo nombre resulta una paradoja, un oxímoron social: el pueblo llamado Gocen en el distrito de nombre jubiloso: Villa María del Triunfo. “Ticlio Chico”, le dicen.

Más de una vez he recordado una frase de Haya de la Torre según la cual no hay que preguntar cuánto cuesta una cosa, sino cuánto cuesta no hacerla.

¿Alguien ha calculado el dinero que se necesitaría para calzar a todos los niños sin zapatos de Puno y de todo el país? Con seguridad bastaría con la milésima parte de lo que se perdonó, gracias a Jorge del Castillo, a las sobreganancias de las grandes mineras. ¡Cuántos pares de zapatos se hubieran podido comprar con el millón de dólares que Fujimori dilapidó en la mala educación de sus hijos en Estados Unidos!

Un economista cusqueño propuso hace tiempo que en los estudios de factibilidad de una obra debería reemplazarse la relación costo –beneficio por esta otra: costo- beneficio social.

Una amiga nórdica, que se ha condolido de la pobreza de muchos niños peruanos, que los ha contemplado con sus hermosos “ojos septentrionales” (plagio a Nicolás Guillén), me precisó que en el norte de Europa –Noruega, Suecia, Islandia–, la temperatura desciende a niveles más bajos que los de Puno; pero ningún niño muere allá de frío.

No es, ciertamente, sólo cuestión de zapatos. Son todas las condiciones de desprotección que rodean al ser humano en las alturas de Puno o en los arenales de Villa El Salvador, en los callejones del Rímac o en la otra cara de la luna de Los Olivos.

Doris Gibson me comentó alguna vez lo bellos que son los niños de Puno en su primera edad, con sus caras redondas, sus rojas mejillas y sus ojos en que brillan la vida nueva y los relámpagos de la tristeza.

¡Cuánta belleza, cuánta esperanza, cuánta promesa arrojamos al viento gélido de la indiferencia!

Supongo que en Palacio ya estarán pensando en una colecta de ropa de abrigo, con el infaltable discurso presidencial. La colecta no basta, y el discurso sobra. Lo que hace falta es una ayuda estatal masiva y enérgica, y una atención médica que disponga de las camas, equipos y medicinas que la emergencia exige y que ahora no existen.

También se requiere un auxilio alimentario, tarea dura en este país de la imprevisión y la miopía gobernante.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com