Olimpiadas del insulto

Si en el 2016 o el 2020 hubiera unas olimpiadas del insulto, el presidente Alan García obtendría, con toda seguridad, medalla de oro.

| 30 mayo 2008 12:05 AM | Columna del Director | 421 Lecturas
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O de loro. Porque resulta delirante la idea de que el Perú está en condiciones de organizar unas olimpiadas y considerar por eso que quienes critican la ­iniciativa son “los apocados, los deprimidos, los que juegan en segunda y tercera división”.

He ahí un nuevo disparate del mismo personaje que propuso que los empleados públicos trabajen “dieciséis horas o más” cada día y ordenó que el ministro del Interior haga bombardear, inmediatamente, con aviones de la FAP, las pozas de maceración de la coca.

No hace falta ser apocado para darse cuenta de que nuestro país no está en condiciones de acoger los Juegos Olímpicos. Los cálculos y presupuestos de los Juegos de agosto próximo en Beijing deberían hacer reflexionar al Jefe del Estado.

El presupuesto acordado para ese certamen mundial es de 45 mil millones de dólares. El gobierno chino puede permitirse ese lujo, aunque calcule que al final los gastos y los ingresos van a quedar “tas con tas”. Es decir, que se puede recuperar la inversión.

Hay varios problemas de logística que el cerebro de García no está en condiciones de considerar. Por ejemplo, ¿dónde se ­alojarían los deportistas, los turistas extranjeros y los periodistas?

Beijing indica que en los juegos próximos intervendrán 203 países, 10,500 atletas y que acudirán a China dos millones de turistas extranjeros y cuando menos 30 mil periodistas.

El otro gran problema es la participación deportiva del Perú.

Probablemente no obten­dríamos en deporte alguno una medalla de oro. Con el fútbol que tenemos –que no posee el nivel que tenía cuando las ­Olimpiadas de Berlín, en 1936– a lo mejor somos eliminados desde el arranque.

No nos vaya a ocurrir lo que sucedió con Chile hace algo así como veinte años. Recuerdo ­una crónica chilena, que era ­obra maestra de humor y estilo. Daba cuenta de que un crédito del atletismo chileno en carreras de largo aliento llegó al estadio cuando los demás competidores ya se habían retirado de ­allÑ Al equitador más ilustre del equipo se le murió el caballo en el viaje. Etcétera.

El Presidente se siente optimista. Pero hay dos clases de optimismo. El saludable es el que se traza metas alcanzables, con esfuerzo, por duro que sea. Por ejemplo, cuando los luchadores proletarios se propusieron, en 1905, conquistar la jornada de ocho horas.

El otro optimismo es el de los panglossianos, a los que Voltaire ridiculizó en su Cándido o el optimismo, que creen que todo está perfecto en el mejor de los mundos posibles.

A estos optimistas apuntaba el humorista uruguayo que escribió: “Pesimista es uno que sabe cómo acaban en el mundo los optimistas.” Ciertos optimistas, ­olímpicamente parlanchines.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com