Momentos estelares del amor

Al velorio del poeta Gustavo Valcárcel, en 1992, llegó Juan Gonzalo Rose, estrechó la mano de Violeta, la viuda, y le musitó: “para tanto ­amor, no hemos vivido nada”.

| 14 febrero 2008 12:02 AM | Columna del Director | 995 Lecturas
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Era un verso de “Carta a Violeta”, el desgarrador poema que Gustavo escribió en días de destierro y hambre en México.

Era expresión de una forma elevada del amor: la que une dos vidas ante el altar de la lucha por la justicia.

Gonzalo entonó el verso y se fue. Él sabía en qué condiciones había nacido el poema.

Después de todo, vale recordarlo en este Día de la Amistad y del Amor. La poesía, como dijo Chaplin, “es una carta de amor al mundo”.

En la historia sentimental peruana hay ejemplos de las más altas cumbres humanas.

El 11 de setiembre de 1917, Manuel González Prada escribió a su esposa, Adriana Verneuil, al celebrar los 30 años de su boda: “¡30 años! Me han parecido 30 segundos porque has sabido hacerme feliz; y la felicidad, aunque dure mil años, nos parece siempre un momento.”

Casi diez años después, el 20 de setiembre de 1926, José Carlos Mariátegui publicó en la pequeña revista Poliedro el poema en prosa “La vida que me diste”, consagrado a su esposa, Anna Chiappe. El último párrafo estremece: “Ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste.”

¿Alguien se ha detenido a pensar quién era esa adolescente que inspiró los versos de “La niña de la lámpara azul”? Existió, y es evocada sobre todo en los nocturnos, atravesados de amor, dolor y música. Sé de un poema secreto rebelde, que sospecho egureniano, escrito frente a la matanza de obreros en Chicama, en 1912. Es un poema que opone el amor de los ricos y el amor de los pobres.

Un poeta enorme y tierno, Paul Eluard, combatiente social y nacional, inventó fórmulas imperecederas: “Yo soy ante este paisaje femenino / como una rama en el fuego.” O esta otra: “De una sola caricia / yo te hago brillar en todo tu esplendor.”

Stefan Zweig coloca en su libro Momentos estelares de la humanidad –al lado de grandes descubrimientos y batallas–, la historia del último amor de Goethe, el que inspiró la inmortal “Elegía de Marienbad”. Se lee en ésta: “Antes era el favorito de los dioses y me dieron la caja de Pandora, llena de riquezas y más llena de peligros… ¡Pero ahora me han abandonado y me siento hundido en el abismo!”. En la calesa que lo conducía de retorno a Weimar, cinceló esa obra maestra, que sosegó su alma. Tenía 74 años; Ulrika, la amada, 19.

Mucho antes él sabía que: “Todo lo dan los dioses a sus favoritos. / Las alegrías infinitas, / los amores infinitos / y los dolores infinitos. / Todo lo dan los dioses a sus favoritos.”

La de Cupido es una flecha de todos los colores. Y se tiñe, siempre, de época y sociedad.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com