“Me han dicho...”

Hace diez años, al salir de una función teatral en el Centro Cultural de la Universidad Católica, me encontré por azar con la doctora Carmela Izaguirre, quien me dijo: “César, me han dicho que estás muy bien, que eres dueño de un hotel en Miraflores”.

| 08 enero 2009 12:01 AM | Columna del Director | 499 Lecturas
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Sonreí, y le dije: “Que me den la dirección para ir todos los días a tomar desayuno. No me lo van a negar, si es mi hotel”.

Tengo la impresión de que mi distinguida amiga creía lo que le habían dicho. No se había percatado del fondo subliminal: “César Lévano se ha vendido”.

Diez años antes, me había ocurrido algo semejante. Un hombre de izquierda radical, a quien suponía mi amigo, le dijo en la calle a Manuel Acosta Ojeda, amigo fraterno y gran compositor: “Me han dicho que César Lévano es alto oficial de la Policía”.

Acosta, que era muy fuerte, lo cargó en peso y le dijo: “Estamos cerca de la revista Caretas. Allí vas a encarar a César”. El sujeto forcejeó y escapó.

Después, en 1986, cuando trabajaba en La República, me enteré por el diagramador César Napa de que existía, en efecto, un general PNP César Lévano. Que yo sepa, no soy yo. Su nombre completo es César Lévano Napa. Este señor ha publicado, me dicen, su autobiografía. Me gustaría tener un ejemplar, a fin de enviarle fotocopia al difamador cobarde y escurridizo.

Hace pocas horas, una persona amiga me expresó: “Me han dicho que en Caretas usted publicó loas a Haya de la Torre”.

El papel aguanta todo, y lo conserva: en las páginas de esa revista he publicado sobre Haya textos de los cuales me enorgullezco. No contienen adulación ni bajeza. Tienen sentido histórico y crítico. En general, reivindico las ideas antiimperialistas y antioligárquicas del Haya temprano.

Cuento todo esto para que se comprenda lo pernicioso que puede ser el recurso criollo del “me han dicho”.

Quien ha avanzado por un largo camino de vida, y jamás ha llevado a su casa un pan mal ganado, ni gozado de prebendas o sinecuras, puede recibir el “me han dicho” con una mezcla de desdén y, a veces, de pena.

Trabajo desde los siete años de edad, y todavía no me he cansado. Pero a veces dan ganas de decir, con Vallejo: “¡tanto tiempo y siempre la tonada!”.

El poeta soviético Vladímir Maiakovski se disparó un tiro certero al corazón el 14 de abril de 1930. Tenía 36 años de edad. Lo abrumaban las críticas, las calumnias, las envidias y los chismes. Dejó una carta en la que se leía: “Sobre todo, nada de chismes. El difunto les sentía horror… La barca del amor se estrelló contra la vida corriente”.

Era un gigante en lo físico y en lo lírico. Pero la hostilidad de los mediocres lo obligó a poner el pie en la garganta de su propia canción.

Yo, que no soy un gigante, les puedo asegurar a los murmuradores: Conmigo no van a poder. Guarden su odio para mejor ocasión.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com