Macarthismo galopante

El gobierno aprista ha resucitado los métodos de las dictaduras que en otras épocas reprimieron al APRA y a las fuerzas políticas de izquierda. Emula asimismo las campañas del senador estadounidense Joseph McCarthy, el borracho que llegó a acusar al presidente Ike Eisenhower de “paladín” del comunismo.

| 11 marzo 2008 12:03 AM | Columna del Director | 435 Lecturas
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Alan García va a camino a convertirse en heredero del comandante fascista Luis M. Sánchez Cerro, remozado con los métodos de calumnia e insulto que exhibió McCarthy.

La historia recuerda cómo los apristas eran calificados de terroristas por el delito de oponerse a las dictaduras y reclamar derechos y libertad. ¿Han olvidado los jerarcas alanistas las fotos de la gran prensa en que personajes como Armando Villanueva eran presentados como activistas del terrorismo?

En estos días se ha desatado una campaña de mentiras contra las Casas del Alba. Es un coro manipulado desde arriba, que tiene que ser denunciado como preludio de una vasta represión.

Tal acción ha empezado ya. Se ejerce contra los jóvenes que acudieron en Quito a una reunión de la Coordinadora Continental Bolivariana. La prisión que ellos padecen sólo puede explicarse por el miedo que sienten los actuales gobernantes frente a ideas que fueron del APRA en otros tiempos: la unión continental, el antiimperialismo.

Otrora, el APRA creó y activó grupos afines en casi toda América Latina. Penetró ideológica y políticamente en varios países. Típico es el caso del Partido Aprista Cubano, fundado por Enrique de la Fossa, un líder infatigable que más que tarde se adhirió a la revolución dirigida por Fidel Castro.

Partidos como Acción Democrática de Venezuela fueron creados siguiendo las ideas y las directrices del aprismo inicial.

No se puede olvidar que el nombre mismo del APRA evoca esa época de proselitismo continental: Alianza Popular Revolucionaria Americana.

Indigna por lo tanto la campaña de furiosas calumnias contra las Casas de Alba y contra los jóvenes encarcelados por acudir a la cita de Quito.

Indigna y asombra, además, el tipo de acusaciones que el jefe de la Policía Nacional, general Octavio Salazar, ha inventado contra esos jóvenes. Afirma, sin pruebas, que éstos tramaban atentados contra las conferencias en las cumbres que se van a realizar este año en el Perú.

El caso McCarthy ofrece varias lecciones. Una es que un congresista puede convertirse en verdugo de hombres y en amenaza contra la sociedad, al esparcir miedo y arruinar instituciones. Al final le salió al encuentro un maestro del periodismo, Edward R. Murrow, quien lo hizo aparecer en TV como lo que era: un imbécil y un malvado.

Murrow nos legó esta verdad ética: “No debemos confundir la disidencia con la deslealtad. Siempre debemos recordar que una acusación no es una prueba.”


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com