Los poetas nacen y se hacen

Federico García Lorca declaró, cito de memoria: “Si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios, también lo soy porque me doy perfecta cuenta de lo que es un poema”. Lo recuerdo porque me apena lo que está ocurriendo con la poesía en el país de Vallejo, de Eguren y de Martín Adán.

| 20 enero 2013 12:01 AM | Columna del Director | 1.5k Lecturas
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El problema parece residir en la falta de lecturas o lo tardío de la cultura literaria, o los malos ejemplos. Quizá forma parte de la quiebra general de la educación en el Perú.

Si uno se remite al recuerdo, encuentra la explicación. Cuando leí, a los 15 años, Azul, el libro de poemas de Rubén Darío, me sorprendió el dominio impecable del español y el recorrido que exhibe de la gran poesía francesa y estadounidense, así como el conocimiento de la métrica de la poesía griega. Darío publicó ese libro a los veinte años de edad.

Darío nació el 18 de enero de 1867, y Azul apareció en 1888, pero ya un año antes había publicado el poemario Abrojos. De inmediato en América y España se supo que con ese joven lírida había empezado una revolución en el arte del verso y de la prosa.

Tempranía igual muestra Neftalí Reyes, el poeta chileno consagrado con el nombre de Pablo Neruda. Nacido el 12 de julio de 1904, Neruda publicó Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el libro de poesía más difundido de nuestro idioma, a los veinte años de edad. Antes había publicado el volumen Crepusculario. Volodia Teitelboim, el gran amigo y camarada de Neruda, recuerda en su biografía Neruda, que el joven poeta se moría de hambre, pero a la vez se nutría con la mejor literatura de su tiempo. Proust y Joyce eran leídos por Neruda y amigos. El joven bardo se inclinaba ante los textos del anarquista Jean Grave, al que leía en francés, a tiempo que veneraba los sonetos de Pierre de Ronsard. Lo demuestra el “Nuevo soneto a Elena”.

A los 13 años, devoraba libros. Cervantes, Gorki, Strindberg, Rimbaud, Baudelaire. Lo recordaría así: “El saco de la sabiduría humana se había roto y se desangraba en las noches de Temuco. No dormía ni comía, leyendo”.

El poeta era un joven flaco y sin dinero. En Santiago vivió su adolescencia en el barrio del malevaje y la prostitución. Los libros y la vida lo enriquecieron.

En nuestros días limeños, asombra que haya quienes creen que para ser poeta basta escribir líneas cortas sin metáfora ni música, y que la tradición, la herencia no sirven para nada. Vallejo, hay que recordarles, recitaba de memoria los sonetos del siglo de oro español.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com