Los abortos del aborto

Imagino que en tiempos venideros, no necesariamente en el Juicio Final, muchos se sorprenderán de la furia con que Luis Cipriani y Rafael Rey condenan el aborto en nombre del derecho a la vida. Condenan a quienes no quieren tener hijos no deseados, ellos que han resuelto no tener ni desear hijos.

| 22 octubre 2009 12:10 AM | Columna del Director | 423 Lecturas
423

El dúo se distingue, además, por ser defensor de asesinos y masacradores. Como el asesino y ladrón Augusto Pinochet, no defiende la vida cuando se trata de gente que no comparte sus ideas, o, más bien, sus intereses.

Además, el dúo incumple el mandato bíblico de “creced y multiplicaos”.

Felizmente, el debate sobre el aborto no ha sido clausurado. La lucha continúa.

Hay temas de fondo en la discusión: El derecho de la mujer cuya vida peligra en determinado embarazo, o que ha sido víctima de una violación. Prohibir el aborto en esas circunstancias ¿no es acaso atentar contra la vida y la dignidad de una mujer, joven en la mayoría de los casos, además de pobre? ¿No es condenarla a un martirio físico y psicológico, y exponerla a un mortífero aborto clandestino?

Más allá del caso individual hay una cuestión política y social. El Perú es un estado laico. Todos los estados modernos, desde la Revolución Francesa para acá, consagran la separación de la Iglesia y el Estado. Esta es una diferencia básica con los regímenes islámicos fundamentalistas, en los cuales el libro sagrado encierra también la ley estatal.

En Occidente, en los tiempos de lo teológico-político, lo legal y lo moral eran absolutamente uno. Toda diferencia entre esos dos órdenes era trágica. En un orden laico no se impone lo sagrado teológico: gobierna el pueblo, guiado, se supone, por los principios de libertad y de razón; no por los mandatos de una religión.

Esto no excluye, por cierto, el respeto por las confesiones religiosas y en particular la católica en el Perú, donde la profesa abrumadora mayoría.

Un distinguido lector de este diario, y generosamente adicto de esta columna, caballero que se distingue por su refinada cultura en literatura y filosofía de Francia, me escribe:

“Para los que se atreven a juzgar que ‘la vida por nacer no pertenece a la vida de la mujer’ (dúo Cipriani-Rey dixit), les pido que esperen el ‘día del Juicio Final’, y ya Dios con su misericordia, que no es la de los hombres, determinará si castiga o no el aborto”.

Imagino que, por lo pronto, el Cardenal y el Ministro deben de estar rezando para que, cuando llegue el juicio divino, Dios no castigue su afán de justificar y perdonar a torturadores, asesinos y violadores que deshonraron el uniforme militar al cometer crímenes de lesa humanidad, eludiendo tribunales y leyes. A lo mejor San Pedro los remite al Museo de la Memoria Eterna, instalado con calefacción perpetua en el Infierno.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com