Llanto por los niños de Putis

El domingo, en la extraordinaria reaparición televisual de César Hildebrandt, una imagen que me arrancó un llanto súbito, estremecido: la de las ropas de los niños asesinados por militares en la comunidad de Putis.

Por Diario La Primera | 16 set 2008 |    

No soy llorón, y no creo en esa zoncera de que los hombres no lloran. Ni siquiera por amor he llorado, porque cuando me ha flechado Cupido lo ha hecho siempre con punta de miel. La única vez que la pena me sacudió hasta el llanto fue cuando vi, en la Maternidad de Lima, el cadáver de mi primogénita, muerta al nacer.

Esta vez fue peor. Esas ropitas humildes de los niños de Putis fueron un relámpago de congoja y espanto.

Hasta 1983 no llegó a Putis eso que llamamos civilización occidental. Pero acudió Sendero Luminoso, perseguido por las fuerzas del orden, y empezó con el ajusticiamiento del teniente gobernador, al cual sumó otros homicidios.

Por eso llegó el Ejército, y por eso Sendero obligó a los comuneros de Putis a refugiarse en las alturas. En vista del éxodo, los militares vieron a los campesinos como cómplices o miembros del senderismo. Al ver que las acciones de éste se intensificaban en la región, se instalaron bases militares en Putis y Ayahuanco.

Los comuneros, inducidos por el ejército, decidieron regresar a su pueblo. Nunca lo hicieran. Los soldados los recibieron con amabilidad ficticia, les ofrecieron protección y colaboración.

La primera “cooperación” consistió en cavar una enorme poza para instalar una supuesta piscigranja.

Cuando se terminó la obra, los soldados reunieron a los pobladores, y les dispararon a matar. Fueron 123 víctimas (96 adultos y 27 niñas y niños).

Niños, niñas. Pequeños que a nadie habían hecho mal. Niñas y niños cuyas ropitas debieran ser exhibidas en museo de la vergüenza y el dolor. No para que lloremos, sino para que se fortalezca la voluntad colectiva de que no vuelva a ocurrir.

Esa construcción de una tumba colectiva por manos de las víctimas es método nazi. Un documento intenso lo recuerda: Todesfuge (Fuga de la muerte: fuga en el sentido musical), de Paul Celan, el mayor poeta de lengua alemana de la posguerra: “Un hombre silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra / ordena tocad para la danza… tus cabellos de oro Margarete / tus cabellos de ceniza Sulamita”.

Los asesinados de Putis sólo hablaban quechua, no tenían documentos de identidad. Quizás por eso son víctimas del desprecio de Ántero Flores Aráoz, ministro de Defensa, que oculta los nombres de los asesinos, con lo cual resulta cómplice y encubridor.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com