Lima, la ciudad móvil

Instalado en el noveno piso de un edificio de la avenida José Pardo, en el nuevo local de LA PRIMERA, en Miraflores, puedo ver, sentir el pulso de la urbe moderna, nerviosa, cambiante, y evocar, en una sola ráfaga, el movimiento urbano que he visto desfilar a lo largo de mi extensa vida.

| 18 enero 2013 12:01 AM | Columna del Director | 1.4k Lecturas
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Ezequiel Balarezo Pinillos, elegante y hondo cronista de principios del siglo XX, publicó en 1921 el libro La ciudad evocadora. Como es sabido, Balarezo Pinillos firmaba con el seudónimo de Gastón Roger e iba a crear en la revista “Mundial” la sección “Peruanicemos al Perú”, que José Carlos Mariátegui heredó y enriqueció. Cito a Balarezo porque en el libro nombrado escribe: “Mi ciudad se vuelve compleja -¡era tan sencilla!-, inacorde, cacareante, promiscua”.

Pertenezco a la generación que alcanzó a ver los últimos tiempos de Lima la sencilla. Recorrí de niño, en los años 30, esa urbe en que todos los caminos llevaban a huertas. De Lima al Callao, de Lima a Chorrillos, había sembríos. El Rímac terminaba al pie del Cerro San Cristóbal y más allá todo era chacras. Su frontera era Malambo (vulgo: Francisco Pizarro). Huertos y jardines lo rodeaban. El paseo de Amancaes era eso: un paseo. Ahora hay allí una ciudad, o varias ciudades.

El Cono Norte, donde se ha instalado el impetuoso distrito de Los Olivos, no existía ni en sueños.

No se puede evocar lo que no existía. Gastón Roger aludía sobre todo al barrio del Cercado –la llamada Lima Cuadrada– y a los balnearios antiguos y perennes. El Cercado es la parte esencial de la Lima antigua. Hace un mes o algo así me sorprendió ver que muchas casonas del jirón Callao, usualmente cerradas, tenían abiertas de par en par sus puertas. ¡Qué espectáculo de belleza en sus patios!

Ese es el corazón de la ciudad, un corazón que no debe desaparecer. Sin esas joyas –lo que queda de ellas– la capital cesa de latir, pierde personalidad. Esto siento, en gran parte porque soy limeño, y limeño nacido en el área plebeya de Lima, en una época en que las clases acomodadas no se habían exiliado a urbanizaciones cerradas. Sabido es, por lo demás, que también a los provincianos agrada ver y recorrer lo que queda de la ciudad antigua.

Un amigo italiano, amante del arte y conocedor de casi todas las capitales de América Latina, me decía, hace veinte años, que era una lástima que los peruanos no valoráramos lo suficiente barrios viejos y bellos pero descuidados como el Rímac, Barrios Altos, el Cercado. Contemplando un balcón del jirón Trujillo en el Rímac, una amiga residente en España me decía: “¡Ya quisieran los madrileños tener un balcón como ese!”.

Una reflexión: una Lima de rascacielos sería, a lo sumo, una ciudad de quinto o sexto orden en el mundo.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com

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