La voz se apaga, pero vive

La muerte de Arturo Zambo Cavero nos entristece y nos inquieta: ¿quién nos va a entregar algo parecido a esa voz hondamente limeña y mulata?

| 10 octubre 2009 12:10 AM | Columna del Director | 442 Lecturas
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Cavero anudaba con la tradición del cantar popular de Lima. Por algo había nacido en la cuadra once de la avenida Abancay, en un solar en el cual sonaban jaranas y serenatas. Su lugar natal era, pues, Barrios Altos, el mismo de Felipe Pinglo y Pablo Casas.

En sus inicios, siendo muy joven, fue amigo de Casas e intérprete de algunas de sus canciones, como “Mal proceder”, “Anita” (inspirada por una obrera textil que vivía en el callejón donde nací), “Olga” y “Digna”, dedicada esta última, con afecto y respeto, a la madre de Arturo.

El sello de Pablo Casas en la música criolla era la síncopa, que sin duda inspiró a Arturo.

Muy joven se inició Arturo como cajoneador, acompañando a Juan Criado, llamado el arquero cantor, pero que en el fondo era más cantor que arquero, siendo muy bueno en ambas canchas. Ahora que se ha ido Arturo, habría que recordar la voz negra de Criado, conocedor eximio de la replana o jerga inventada por los negros de Lima para que los amos no se enteraran.

De esa hondura, de esa música, se nutrió el artista que acaba de partir.

Federico García Lorca cuenta en un ensayo que en las cuevas de los gitanos de Andalucía una cantaora vieja decía que hay voces negras, que son las que salen de las entrañas y el misterio.

La voz negra de Arturo se popularizó a partir de los años 60 del siglo pasado con el acompañamiento guitarrístico del maestro Óscar Avilés y en gran parte con las composiciones de Augusto Polo Campos.

Todos los que conocieron a Arturo destacan en él la calidad humana, el sentido fraterno, la caballerosidad. Habría que recordar que era, además, hombre culto. Lo demostró la tesis “El folklore y la educación” con la que optó el grado de Master en Educación.

Las voces de la gente morena fueron parte imprescindible. ¿Cómo no recordar a Lucha Reyes?

Hay quienes aseguran que la música criolla se ha extinguido ya. No entienden que la música popular de la ciudad o el campo no muere de muerte natural o comercial. No han escuchado a jóvenes criollos como Renzo Gil y Carlos Castillo. No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

El artista que ayer falleció rindió culto a la amistad. Por eso se ganó el afecto de maestros mayores, como Augusto y Elías Áscuez. Fue amigo de Alfonso Barrantes, así como del presidente Alan García.

Su voz seguirá animando fiestas familiares y estadios multitudinarios, en costa, sierra y selva. Sabía sin duda, entonando la música de la Lima popular, que en el país está naciendo una patria de todas las sangres, en que la voz india, chola, morena, va imponiendo su melodía, su ritmo. Y su armonía.

No lo cubrirá el silencio.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com