La vida breve de 5 soldados

Cólera y pena origina la muerte de cinco jóvenes soldados asesinados por la banda de narcoterroristas que campea en la selva y mata en defensa del negocio más asqueroso de la tierra: el de la droga.

| 19 agosto 2012 12:08 AM | Columna del Director | 1.4k Lecturas
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La cólera es dictada por el hecho de que los caídos eran reclutas muy jóvenes, casi niños, que habían ingresado en el Ejército para huir de las garras del hambre.

¿Quién ordena que jóvenes inexpertos, sin adiestramiento ni equipo adecuado, actúen frente a criminales avezados, que reciben instrucciones –y dinero– de los sanguinarios carteles mexicanos?

Los victimados eran demasiado jóvenes y novicios. Quizá ni entendían el sentido de la lucha en que estaban envueltos.

Se repite la historia. El hoy presidente Ollanta Humala me dijo hace cinco años, en entrevista periodística, que cuando marchó a la selva a combatir a Sendero Luminoso, no había sido instruido sobre el carácter del enfrentamiento, no en el sentido episódico u operativo, sino en el plano de la estrategia, y de lo que estaba en juego.

Los asesinos sí saben por qué pelean: por el poder… de la droga.

Ahora esa circunstancia no debería repetirse. Ahora hay veteranos que debieran servir para aleccionar a los jóvenes soldados. En todo caso, los inexpertos no deberían ser enviados a la primera línea de fuego.

Un militar que participó en la lucha contra Sendero contó hace años que una madre se acercó a su despacho, y le rogó: “Comandante, yo le entrego a mi hijo sano y entero. Le pido que me lo devuelva igual”.

Los cinco caídos de Mazángaro no volverán como partieron. Sus cinco ataúdes encierran cinco cadáveres, cinco esperanzas, cinco denuncias.

Las autoridades políticas tienen el deber de examinar las tragedias, encontrar las causas, plantear una contraofensiva que incluye lo social y lo político. Están obligadas a ubicar los focos de corrupción y de coimas, que permitieron durante lustros el ingreso de insumos químicos para la elaboración de cocaína. Tienen también la obligación de encontrar y denunciar a quienes desde focos de poder (militar, policial, judicial, financiero, gubernamental), se han enriquecido con el tráfico de las drogas ilícitas.

El tráfico, los errores, los fracasos no son de hoy, son un cúmulo que viene de lejos. Pero la rectificación debe ser de hoy.

No nos equivoquemos. Los asesinos no persiguen fines políticos, son remanentes del senderismo que rompieron hace tiempo con su matriz. Ahora son instrumentos de la internacional de la droga. Por eso son una grave amenaza.

No cabe discusión sobre si son narcos o terroristas. Son las dos cosas a la vez. Sus amigos de Sinaloa saben que se pueden juntar ambos delitos, en un solo de sangre y de barbarie.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com