La soledad de la plaza

Alan García teme a la gente, excepto a la que exhibe carné aprista y es empleado público. Se vio el 28 de julio, cuando los únicos que lo acompañaron en el trayecto de Palacio al Congreso, y viceversa, fueron esos invitados “de honor”. Se repitió ayer en el desfile militar.

Por Diario La Primera | 30 jul 2008 |    

El Presidente no vive en olor de multitud. Es un fenómeno que tiene explicación: ha defraudado a la inmensa mayoría.

García ya no es el candidato que acababa de derrotar, gracias al voto de la derecha, a Ollanta Humala. Entonces podía pasear por el jirón de la Unión.

¡Qué diferencia con otros jefes de Estado de América Latina e incluso del Perú! Patricio Aylwin, el chileno que marcó el retorno de la democracia en su país, iba a pie desde su casa, en el centro de Santiago, al Palacio de la Moneda. Evo Morales sale al encuentro de la calle y la multitud a cada rato, claro que con vigilantes de seguridad. La muchedumbre rodea siempre, con afecto, al Presidente de Ecuador, Rafael Correa.

En el Perú, hasta un jefe de Estado oligárquico como Manuel Prado salía a la Plaza Mayor en auto descubierto, y estrechaba la diestra a cuanto títere con cabeza se la tendía. (Cierto es que, como me contó un asesor de prensa palaciego, apenas vuelto a la sede presidencial se lavaba las manos con abundante alcohol y jabón carbólico).

No se puede predicar la confianza excesiva. Inolvidable es el caso de Olof Palme, premier de Suecia, que caminaba por las calles de Estocolmo sin protección alguna. Era un socialdemócrata amigo de la paz y de los países en desarrollo. Lo asesinaron en 1986 al salir de una sala de cine con su esposa.

García ha convertido el Palacio de Gobierno en una jaula de oro. Los limeños y los turistas saben que a cada rato, cada vez que le da la gana, cierra con rejas no sólo la Plaza Mayor, sino varias cuadras a la redonda causando embotellamientos del tránsito, daño a los restaurantes y tiendas, retrasos en el trabajo o los estudios. Parece que no sólo teme a la gente, sino que, además, ha olvidado que los espacios públicos no son su propiedad privada.

La inclinación no excesiva, sino exclusiva, en favor de los ricos -los bancos, las grandes mineras, las transnacionales- ha ampliado el abismo entre el Palacio y el pueblo.

Por eso se refugia García en el pormenor insignificante, en el asistencialismo improductivo. Y en la caudalosa verborrea.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com