La magnitud del descontrol

Lo que nos hemos perdido. Íbamos a tener una Contralora digna de nuestro país, país amante de la farsa.

| 27 enero 2009 12:01 AM | Columna del Director | 384 Lecturas
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En este sufrido país nuestro ¿no hemos tenido acaso un dictador que en plena guerra con Chile dijo que sabía más que los generales, y procedió a organizar el caos y el desastre?

Me refiero a Nicolás de Piérola, el “demócrata” que ordenó las masacres de campesinos con que se cerró, en Ayacucho, el siglo XIX peruano.

Ahora resulta que la contralora Ingrid Suárez, nombrada por recomendación de Rafael Rey y orden de Alan García, es una falsificadora pertinaz.

Quien iba a fiscalizar a funcionarios públicos y tendría como deber desvelar malos manejos tenía un mal manejo digno de fiscalización.

Se sabía, y había sido denunciado por la oposición y también por nuestro diario. A pesar de eso, fue nombrada el miércoles 21 por la triple alianza Apra, fujimorismo, Unidad Nacional.

En esa ocasión, la congresista Mercedes Cabanillas defendió a la candidata de su jefe.

Esa misma congresista ha confirmado ayer, desde España, que doña Ingrid no ha estudiado ingeniería en la Escuela Universitaria de Gijón, en la península.

Se sabe, además, que quienes firmaron el título aducido por la descontrolada dama no son autoridades ni profesores de esa institución.

Hay más. La señora había presentado un título de la Universidad de Berkeley por un curso de Negociación Avanzada que duró ¡cinco días!

Quizás allí aprendió el arte de negociar un nombramiento inmerecido. Hay universidades privadas de Estados Unidos que suelen dar títulos a gusto del cliente. Cobran, eso sí, caros sus servicios.

La comisión presidida por Richard Webb, de la cual formó parte el sacerdote Gastón Garatea, y que aprobó la candidatura espuria de Suárez, ha quedado más sucia que palo de gallinero.

Ésta es el Apra, ¿qué les parece?

Hay que extraer la lección de este bochorno.

No olvidemos que grandes empresarios y más de un político apoyaron la candidatura Suárez. Pensaban, sin duda, no en los intereses del país, sino en las garantías de impunidad que el personaje ofrecía.

No es un secreto que tanto apristas como fujimoristas tienen cuentas pendientes con la moral pública. Lo mismo se puede afirmar respecto a empresarios como los comprometidos en el escándalo Collique.

El voto a favor de Suárez implicaba una autodefensa colectiva. Pero era asimismo una confesión implícita. Sólo gente que tiene la conciencia sucia puede haber cabildeado de modo tan masivo a favor de la candidata.

Ese deseo de exculpación, de impunidad, explica que García y sus compañeros del Congreso se expusieran al oprobio de elegir a quien no reunía, aparte de títulos académicos, un mínimo de aptitud y experiencia; una intachable limpieza ética.

El tabladillo de la farsa se ha desplomado. Sigue la función.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com