La intolerancia pide tolerancia

El lunes último se produjo en el Centro Cultural de la Universidad Católica un hecho cargado de enseñanzas. Un grupo de senderistas atacó un acto en el que se presentaba el libro Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso del sociólogo Gonzalo Portocarrero. Los agresores pedían a gritos… tolerancia.

| 08 julio 2012 12:07 AM | Columna del Director | 2.5k Lecturas
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Esa actitud exhibe los métodos fascistas del senderismo. Sólo que ahora no recurre al asesinato para acallar a los discrepantes. En los años 90 del siglo pasado su intolerancia recurría al balazo. Por ejemplo, al joven educador, filósofo y sociólogo Luis Aguilar Romaní, formado en la Universidad Lomonósov de Moscú, lo abalearon en la oficina del Decanato de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Centro, en Huancayo, para que “ya no discutiera”. Era un catedrático brillante y un dirigente de masas. Había fundado el Pueblo Joven “Justicia, Paz y Vida”.

En algunos casos, la intolerancia senderista ha naufragado en el ridículo. El eminente filósofo español Jesús Mosterín consigna en su libro Diálogo y debate (Fondo Editorial de la Universidad Garcilaso de la Vega, 2010) lo siguiente:

“Recientemente he participado en el IV Congreso Nacional de Filosofía (1992), celebrado en el marco inusitadamente pulcro de la Universidad Nacional de San Agustín. Los graderíos superiores del auditorio estaban ocupados por las disciplinadas falanges de los estudiantes de Sendero Luminoso, venidos en su mayor parte del feudo senderista de Ayacucho. Constituían un coro bien entrenado y dirigido, que de vez en cuando intervenían en las sesiones coreando eslóganes como “Combatir / resistir”.

“El miércoles estaba prevista una mesa redonda sobre la crisis actual del marxismo. El coro reaccionó rápidamente, interrumpiendo de continuo las exposiciones… La tensión subía y algunos ponentes no podían disimular su miedo, e incluso hacían concesiones vergonzantes a la galería, pues es bien sabido que Sendero no se anda con chiquitas. El presidente de la mesa, siguiendo la tradición de tolerancia inteligente de la universidad arequipeña, invitó a los corifeos senderistas a subir al podio, tomar el micrófono y exponer en público su opinión sobre el asunto, con entera libertad y sin restricción alguna. Esta sabia propuesta tuvo un efecto balsámico. Los mismos muchachos que vociferaban consignas agresivamente, al encontrarse en el podio y ante el micro, cambiaban de tono e incluso encontraban fórmulas de barroca cortesía para dirigirse a la “respetable y distinguida audiencia” que los escuchaba. Pero luego, excepto asegurar que lo de la crisis del marxismo era una patraña de la prensa burguesa y dar un par de vivas a la revolución, no sabían qué decir. Así que, desconcertados, optaron por abandonar la sala.”


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com

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