La herencia Heraud

Javier Heraud convoca, al cumplirse 45 años de su muerte, el recuerdo y la reflexión.

No sé si muchos conocen quién fue ese poeta que a los 21 años de edad murió baleado en una acción colectiva de policías y población civil, azuzada por un cura de vocación fascista.

| 15 mayo 2008 12:05 AM | Columna del Director | 542 Lecturas
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No sabían esos malvados lo que hacían. No tomaron en cuenta que los dos guerrilleros, avistados en una barca a las trece horas del 15 de mayo de 1963, habían izado bandera blanca y luego habían naufragado, arrastrados por la corriente del río Madre de Dios. El agricultor Roberto Vásquez Cobos, que por pura generosidad los salvó, también fue victimado.

Conocí a Javier en el Instituto “José Carlos Mariátegui”, en un local del jirón Huancavelica. Era, como es bien sabido, un muchacho de singular apostura y de facciones en que brillaban la nobleza y la inteligencia. Antonio Cisneros, su gran amigo, ha recordado sus ojos, “demasiado marrones y profundos”.

Poco después partió a Cuba, a estudiar cine, y en la isla tomó la decisión de luchar por la justicia con las armas en la mano. Don Jorge Heraud, su padre, me contó alguna vez que Javier había realizado, años antes de viajar al extranjero, una excursión por varios departamentos del Perú. Lo habían conmovido las condiciones de miseria en que vivía la mayoría de peruanos.

“Después de ese viaje, Javier cambió”, me explicó don Jorge. No se puede ser poeta y permanecer indiferente ante la tragedia humana. Goethe, el olímpico Goethe, escribió a un amigo desde Altona, donde se hallaba de visita: “Mi drama se niega a ­avanzar. No es posible escribir como si no hubiera en Altona tejedores que se mueren de hambre.”

Por parecida razón abandonó Javier su hogar feliz de clase media, sus amorosos padres, su ­poesía, su paz, su vida.

La juventud de Puerto Maldonado, que presenció al asesinato de Javier, reaccionó con dolor e indignación. Dos meses después de esa muerte, los colegiales de la ciudad decidieron prolongar el recorrido del desfile de Fiestas Patrias para marchar, con los puños en alto, frente a la cárcel donde estaban presos los compañeros de Javier.

Edwin Segovia cuenta esos hechos en su novela Eorindari, al sur del paraíso. Y acoge un texto anónimo publicado hace diez años en el semanario Selva Sur de Puerto Maldonado, que concluye así:

“De aquella bandera de luz y de la sangre generosa de Javier, nació en esta orilla del mundo una flor de trágica belleza: la Rosa Variable o Rosa Breve, que nace blanca como la nieve en la madrugada, empieza a teñirse de rojo desde las trece horas en punto, y muere cubierta de sangre al derrumbarse la tarde, al derrumbarse los sueños, al derrumbarse un poeta”.

Era otra época histórica y política, pero el sacrificio de Javier inspira las nuevas luchas por la justicia y contra el imperialismo.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com