La fe recorre montañas

El robo de la Cruz de Motupe desató un masivo sentimiento de dolor y de cólera, y movilizó así mismo una búsqueda de masas por cerros y cumbres. Al final, la Cruz ha sido encontrada, pero sin sus prendas de oro y plata.

Por Diario La Primera | 07 jul 2011 |    

Creo que es bueno meditar en la enorme fuerza de la religiosidad en el Perú. La procesión del Señor de los Milagros, que crece de año en año, de siglo en siglo, es una demostración categórica de esa realidad. Cuando uno revisa crónicas antiguas sobre esta procesión, se da cuenta de que al principio distaba de ser multitudinaria.

Más de una vez he pensado que la fe en los milagros del Cristo Moreno se explica porque somos un país necesitado de milagros.

La reacción suscitada por el robo de la Cruz de Motupe prueba cómo el origen de la pasión religiosa suele ser humilde, tanto por sus raíces sociales como por su dimensión de fieles.

Se sabe que la primera imagen del Cristo de las Nazarenas fue pintada por manos morenas en un muro que se salvó de los estragos de un terremoto. Las menciones sobre la procesión son mínimas en la Gaceta de Lima, en el siglo XVIII. Las fotos de comienzos del siglo XX confirman que no arrastraba muchedumbres. A medida que crecieron los problemas, se incrementó la fe.

Hace años, el 26 de noviembre de 2006, el diario español La Vanguardia publicó una entrevista con el descollante filósofo alemán Jürgen Habermas en la que el autor de Historia crítica de la opinión pública ofrecía novedosos conceptos sobre religión y religiosidad.

“Las tradiciones religiosas”, decía Habermas, “aguzan nuestra sensibilidad para aquello que (Theodor) Adorno denominó una vida ‘dañada’. Esto es aplicable a todas las grandes religiones, no sólo al cristianismo”.

Continuaba el filósofo: “Pero en Occidente se ha producido una simbiosis entre cristianismo y metafísica que explica por qué incluso la razón secularizada del pensamiento posmetafísico moderno se alimenta de ese legado”.

El surgimiento de la Cruz de Motupe no puede ser más modesto, y significativo. Un religioso franciscano, Fray Juan de Abad, que vivía como un ermitaño en el cerro Chalpón, decidió partir a otros pueblos; pero avisó que había dejado tres cruces talladas en la cima del cerro. Hubo búsquedas infructuosas, hasta que el joven José Anteparra, de 22 años de edad, encontró la cruz incrustada en una cueva.

Eso ocurrió el 5 de agosto de 1868. Por eso la festividad de la Cruz se inicia cada año en ese día. El hurto y la recuperación contribuirán sin duda a multiplicar este año el número de procesionistas.

Cabe esta anotación final: frecuente es que ladrones se ensañen con reliquias y prendas de la Iglesia. Se atenta así no sólo contra la religión, sino también contra la historia del país. Urge vigilancia de las autoridades locales y nacionales.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com