Hijo del dolor, padre del amor

Facundo Cabral, cantor de la paz, ha caído víctima del fusil. Los violentos no sabían, quizá, quién era. El mundo sí lo conocía. Había recorrido, guitarra en mano, 159 países.

| 11 julio 2011 12:07 AM | Columna del Director | 1k Lecturas
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Su vida cubre una trayectoria de tragedias, que nunca le empañó el alma ni la voz. El 21 de mayo de 1937, un día antes de que Facundo naciera, el padre abandonó el hogar, dejando a la madre con siete hijos y el bebé naciente. Pasó sus primeros años en Tierra del Fuego. A los nueve años de edad se inició en el alcoholismo y escapó del hogar.

En ese momento quería llegar a Buenos Aires, pues había oído que el presidente Juan Domingo Perón “daba trabajo a los pobres”. Poco después, el niño burló la vigilancia policial, entró en la Casa Rosada y habló con Perón y con Evita. La primera dama comentó enseguida: “Por fin alguien me pide trabajo, y no limosna”.

A los 14 años, Facundo cayó preso. Era una suerte de vago y “pájaro frutero”, de carácter violento. Un sacerdote jesuita le enseñó a leer y escribir. Un año antes de cumplir su condena en la cárcel, escapó. En algún camino, un vagabundo le leyó el Sermón de la Montaña, y lo inició en una religiosidad sin secta. En ese momento, corrió a escribir una canción. A partir de allí, se consagró a la guitarra y la composición.

Él sintetizó así su vida: “Fue mudo hasta los 9 años, analfabeto hasta los 14, enviudó trágicamente a los 40 y conoció a su padre a los 46. El más pagano de los predicadores cumple 70 años y repasa su vida desde la habitación de hotel que eligió como última morada”.

Para redondear la tragedia, su esposa y su única hija murieron en un accidente de tránsito, y después quedó ciego.

Conservó siempre la lucidez. Por eso pudo escribir: “Cuando un pueblo trabaja, dios lo respeta. Pero cuando un pueblo canta, dios lo ama”.

O también: “De mi madre aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo; ahora mismo le puedes decir basta a los hábitos que te destruyen, a las cosas que te encadenan, a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana”.

Cabral fue un poeta no sólo en la palabra escrita, sino también en la improvisación oral. Una de las claves de su talento fue el humor. Se transparenta en los versos de una de sus primeras canciones: “No soy de aquí, ni soy de allá”.

Dice así: “Me gustan el mar y la mujer cuando llora, / las golondrinas y las malas señoras, / saltar balcones y abrir las ventanas / y las muchachas en abril… Me gusta estar tirado siempre en la arena / y en bicicleta perseguir a Manuela / y todo el tiempo para ver las estrellas / con la María en el trigal… No soy de aquí, ni soy de allá, / no tengo edad ni porvenir / y ser feliz es mi color / de identidad.”

Había arribado a la alegría del amor, atravesando el puente del sufrimiento.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com