Herrar es humano

Empezaré con un mea culpa: en la entrevista con Peter Koenig publicada ayer se me escapó un error. Al transcribir la grabación, no recordé que la voz inglesa trillion debe traducirse por billón (un millón de millones).

| 12 febrero 2009 12:02 AM | Columna del Director | 483 Lecturas
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En ambos casos, el término designa una cifra con doce ceros.

Hace algunas semanas, padecí dolores de la columna: mi texto cotidiano citaba una frase célebre de Sarmiento: “¡Bárbaros, las ideas no se degüellan!”. Alguien hizo desaparecer la n del verbo, y aparecí yo como un bárbaro de la sintaxis, un desheredado de la concordancia.

En otro lugar de este diario apareció una frase como ésta: “¿Cómo vez la situación?”. La s había sido decapitada.

Parece que alguien sigue al pie de la letra el apotegma latino: errare humanum est (el errar es humano). Modestia aparte, en LA PRIMERA somos, en este campo, humanísimos.

Pero siempre hay alguien que nos supera. El domingo 8 vimos, en un diario local, un aviso de maestros en el que se lee: “30 años de acumulación… a (sic) terminado en crisis. Las altas tazas (resic) de utilidad…”.

Para qué seguir.

Nuestro consuelo puede consistir en que no sólo en el Perú se cuecen habas. Escribió el español Francisco Umbral: “La cultura de la errata está en los periódicos (seamos humildes), en la radio, en la calle y en el Parlamento. Aquí el que habla bien parece que habla cursi” (En Mis Placeres y mis días).

Por algo el sabio hispano José Esteban publicó hace pocos años el libro Vituperio (y algún elogio) de la errata.

Recuerda allí que el Papa Clemente XI, quien reinó entre 1700 y 1721, al descubrir un error en sus homilías recién publicadas, sufrió una apoplejía y en pocas horas rindió su alma al Creador.

El erudito cita esta errata en un verso de Ramón de Garcíasol: “Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas” que apareció impreso como “Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”.

Manuel Ugarte, el gran escritor argentino que antes que nadie en el siglo XX predicó la unión antiimperialista de América Latina, dedicó a una bella un piropo que enloqueció en el camino. Quiso decir: ¡“Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”, pero le salió “la tonta”.

A veces, la ausencia de tilde puede conducir al error y el horror. Ocurrió cuando un fulano, ante la muerte de la esposa de un amigo, escribió a éste: “Mi pésame por la perdida de tu mujer”. El viudo lo buscó para unos minuciosos puntapiés.

Nada iguala, sin embargo, un encadenamiento citado por don José Esteban. Una orden real pedía recompensar a una dama por sus “infinitos servicios”, pero se transcribió “por sus ínfimos servicios”. Se corrigió, y salió: “por sus infames servicios”. Al final pusieron: “por sus íntimos servicios”.

La ortografía, la concordancia y la puntuación deben dominar nuestra intimidad.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com