Guzmán, la letra con sangre

Si hubiera que definir en una frase el libro De Puño y letra de Abimael Guzmán ésta podría ser: es una exhibición de desmemoria y cinismo, de incoherencia y desarticulación.

| 22 setiembre 2009 12:09 AM | Columna del Director | 611 Lecturas
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Sospecho que el libro es un trabajo colectivo. La fatigosa batería de textos jurídicos, carentes de sentido en un texto que en el fondo es político, me hace sospechar que la mayoría de páginas son obra de Elena Yparraguirre y de abogados como Alfredo Crespo, cuya penosa talla argumental ha sido apreciada en más de un programa de televisión.

No coincido con quienes creen que ésta es la confesión de la derrota militar de Sendero. El “acuerdo de paz” suscrito con Fujimori y Montesinos fue, hace 15 años, la expresión de esa bancarrota. La “guerra popular” se acabó con la prisión del jefe.

He condenado desde el arranque, con mi firma, no sin peligro, la violencia asesina del senderismo, así como la esgrimida por las fuerzas del orden. En días recientes he expresado mi repulsa y mi congoja frente a la masacre de Putis, en que tantos niños fueron victimados por los militares.

Sendero también tiene su historia en este campo. En Lucanamarca se produjo, el 3 de abril de 1983, una matanza en que el senderismo mató a 18 niños, 8 adultos mayores, 11 mujeres (algunas en estado de gestación). El total de campesinos asesinados fue de 69.

Guzmán reconoció que esa masacre fue ordenada por la dirección de su partido, un partido en que él y su egolatría mandaban sin freno.

En la página 140 del mentado libro se leen estas frases del propio Guzmán: “El Partido respondió golpeando contundentemente a la mesnada de Lucanamarca”.

El suplemento dominical de La República publicó el 16 de agosto un informe desgarrador sobre los crímenes de Sendero en el distrito de Chungui, provincia de La Mar. Allí murieron, en 1983-84, 1,384 campesinos. Un testigo chunguino cuenta: “cuando venían los militares, los niños tenían que estar calladitos. Pero a veces el hambre y la sed los hacían llorar. Por eso los senderistas ordenaron matar a todos los niños en Huertahuaycco (1985)”.

En el prólogo de la doctora Yparraguirre se lee:

“En la dirección de la guerra popular, (Abimael Guzmán) devino: iniciándola, dirigiéndola y desarrollándola hasta alcanzar el equilibrio estratégico Jefe del Partido y la revolución” (página 14).

Desde sus refugios en cómodas residencias de Lima, el jefe mandó eliminar personas (incluyendo a los comunistas revisionistas a los que había que “barrerlos”), desacreditó y dividió a la izquierda (sigue haciéndolo) y lanzó al sacrificio a jóvenes senderistas.

Condeno sí la reacción macarthista por la asistencia a la presentación del libro, aunque mi larga experiencia y un intento de trampa reciente me han convencido de que con Sendero no hay que ir ni a misa.




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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com