Gracias a la madre

Celebramos hoy el Día de la Madre, el ser que nos dio vida, que nos amó, nos acarició, nos defendió contra todo mal, después de habernos llevado en su vientre y padecido para que naciéramos.

| 13 mayo 2012 12:05 AM | Columna del Director | 1.7k Lecturas
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En un mundo a menudo hostil, donde no faltan canalladas y felonías, ella nos alivió con la sonrisa más dulce de la tierra, seguro de ternura que nos acompaña incluso después de que ha emprendido el viaje sin retorno.

Se me ocurre que la sonrisa de las mujeres se ha forjado a través de los siglos por su destino real o posible de madres. Es una invitación a la vida.

En el Perú, país particularmente cruel para las mujeres y los niños, el papel de las madres crece hasta el nivel de heroísmo, sobre todo en las capas sociales más pobres. No se sabe de dónde sacan fuerza muchas de ellas para sostener sus hogares y sus hijos, acá donde abundan los varones que procrean un hijo, y luego se largan. Ahí, la mano que mece la cuna es también la que gana el pan.

César Vallejo expresó en el poema III de Trilce la herida de soledad que nos causa la ausencia de la madre:

Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.
Madre dijo que no demoraría…
Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo.

Pablo Neruda, huérfano de madre, celebró a su noble madrastra, la mamamadre, que de niño le confeccionó los calzoncillos con costales de harina.

Juan Gonzalo Rose, nuestro hermano, poeta cabal, escribió estos versos inéditos:

Señor, si aún te queda una pena,
no se la des a mi madre, dámela a mí.

Un texto que me sobrecoge es la carta que el apóstol de la independencia de Cuba dirigió a su madre, dos años antes de su muerte heroica:

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Usted se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y, ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su. Martí.

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

En otras épocas, las personas huérfanas llevaban una flor blanca sobre el pecho; los que tenían viva a su madre, una flor roja. Ahora eso no rige, no porque falten flores, sino porque sobra desamor. Yo albergo una flor dentro del pecho. Se llama tristeza.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com