Este Anaya es un canalla

El congresista José Oriol Anaya, cuestionado por manejos delictivos con fondos del Congreso, es decir, del país, tuvo ayer la imprudencia de afirmar que las denuncias publicadas contra él por La Primera se inspiraron en un correo electrónico que alguien me envió para hacerle daño.

Por Diario La Primera | 03 set 2008 |    

El argumento es casi cómico. Según Anaya, basta que alguien me sugiera una actitud para que yo la asuma. Si así fuera, hubiera bastado con que él se adelante y me proponga que lo elogie y lo considere ejemplo de rectitud, suma de virtudes.

Recibo a diario un copioso correo. Algunos textos son de elogio, otros contienen propuestas ingenuas y hasta descabelladas, no faltan las diatribas. Si yo fuera tan idiota como él supone, nos faltarían páginas para publicar tan caudaloso río de palabras.

El señor Anaya, cuyos recursos mentales y verbales él mismo se ha encargado de exhibir, oculta lo elemental: todo lo que La Primera –y no sólo ésta– ha dicho sobre él es verdad.

Afirma Anaya que es víctima de un complot político. No dice quién o quiénes son los conjurados contra él.

En todo caso, el peor enemigo del congresista es él mismo. Vano ha resultado el intento de echar a un asesor la culpa de la adulteración de boletas respecto a los gastos operativos que le pagó el Congreso. No explica por qué, entonces, los firmó. Reconoce sí que había pedido la “devolución” del costo de un viaje a Roma, costo que había sido ya pagado por la Liga Parlamentaria Peruano Europea.

Las vivezas del congresista arrojan nueva carga de descrédito a una alicaída institución que no sólo ha abdicado de su función legisladora, cediéndola al Ejecutivo, sino que sufre asimismo una creciente corrosión de su papel fiscalizador.

El congresista Anaya es un ejemplo vívido del bajo nivel mental y moral del Congreso actual, que cuenta sin embargo con honrosas y escasas excepciones.

El currículo político de Anaya, elegido en la nómina de Unión por el Perú (UPP), es un resumen de oportunismo, inmoralidad e incompetencia. Es de los tránsfugas que se ubican bajo el sol que más calienta.

Anaya parece arrancado a las páginas de Cien años de vida perdularia de Abelardo Gamarra “El Tunante”, ese periodista y escritor que penetró con filo y humor en las entrañas de nuestra política, en la que siempre han señoreado los corruptos.

A Anaya, su pasado lo condena: falsificador de actas electorales, contratador de asesores fantasmales, cómplice del Apra en enjuagues políticos contrarios a la decencia política y al interés nacional.

Grave sería que el Congreso se mostrara complaciente con este personaje. Más allá de la aritmética parlamentaria, el Legislativo tiene ante sí una serie de hechos escandalosos que merecen el máximo rigor: sancionándolos puede mejorar su imagen, tan venida a menos.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com