En la cruz de la historia

La estremecedora soledad en que ha muerto Alejandro Romualdo Valle me suscita meditaciones sobre la relación entre la sociedad peruana y la cultura, y, sobre todo, entre el Estado y la cultura.

| 29 mayo 2008 12:05 AM | Columna del Director | 445 Lecturas
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Porque el extraordinario poeta recién fallecido es en ese aspecto sólo un caso. No puedo olvidar que Juan Gonzalo Rose, otro gran poeta, de la misma generación de Valle, fue despedido del Instituto Nacional de Cultura, donde ganaba un sueldo inferior al de los dignísimos choferes. El poeta tuvo entonces que vivir de las propinas que le allegaba su madre.

En ese momento empezó la depresión final de Rose.

“Si César Vallejo hubiera vuelto al Perú, lo habrían matado, como a Javier Heraud”, me dijo cierta vez Georgette, la viuda del cholo.

En la revista Sí publiqué el testimonio de un comunista español que en una carta narraba cómo Vallejo se moría literalmente de hambre en París. Había días en que no salía de su casa para no gastar la suela de sus zapatos.

¿Y acaso Carlos Oquendo de Amat no tuvo que huir constantemente de la represión y vivir de los almuerzos que le obsequiaban los trabajadores del Mercado Central?

¿Y no me contó el mismísimo Jorge Basadre que estaba sometido a tratamiento ambulatorio (de una grave enfermedad que lo llevó a la tumba) porque no tenía dinero para internarse en una clínica?

El editor y librero Juan Mejía Baca me relató que cierta vez explicó a Basadre que estaba buscando en la Historia de la República cuál era el gobierno que más había favorecido a la cultura. “¡No siga!”, le replicó el historiador. “¡Ninguno!”.

Claro que hay “liberales” que creen que es mejor así, porque, en caso contrario, el Estado coartaría la libertad de artistas e intelectuales.

Pero hay, sin duda, un terreno intermedio en el cual el Estado sí puede ayudar a la cultura. Por ejemplo, mediante premios anuales (que antes existían), becas en el exterior, ediciones, fondos para producciones de filmes o investigaciones científicas, pensiones por una larga vida creadora y fructífera. ¿Por qué no se pudo ayudar así, no como un favor, sino como un deber cumplido sin estrépito, a Romualdo?

Anna Seghers, la gran novelista y ensayista alemana, reflexiona en su libro Glauben an Irdisches (= Fe en lo terreno) sobre los fermentos de barbarie que atormentaron a los escritores alemanes antes del siglo XX. “Hölderlin murió loco, Georg Büchner murió de enfermedad cerebral en el exilio, Karoline Günderode se suicidó, Kleist se suicidó… Eso, mientras en Francia transcurría el tiempo de Stendhal y luego de Balzac.” Del Stendhal enamoradizo y el gozoso Balzac.

La cultura no es un lujo inútil, señor Gobierno. Puede ser un buen negocio. Lo demuestra Colombia con su floreciente industria editorial; Colombia, que hace treinta años producía menos libros que el Perú.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com